Valores sostenibles
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«Las civilizaciones desaparecen cuando una generación deja de preocuparse por el destino de las futuras, cuando nadie planta árboles cuya sombra no pueda aprovechar en vida»EL jueves pasado entregamos los terceros premios de sostenibilidad ambiental que organizamos El Norte de Castilla y la Junta de Castilla y León, a ... través de la Consejería de Medio Ambiente, presidida por Juan Carlos Suárez-Quiñones. Recibieron los galardones las empresas Signify y Remolonas, así como la Fundación Lesmes y la Fundación Patrimonio Natural. Gracias, en esta ocasión, al apoyo de patrocinadores como Iberdrola, Gullón, Entrepinares y Cajamar, pudimos dedicar una jornada a uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) más importantes de la Agenda 2030, el número 13, el destinado al clima. Tuve el honor de pronunciar unas palabras para abrir el acto. Lo que sigue es un extracto de las mismas.
Como se sabe, ese catálogo de objetivos de transformación promovido por Naciones Unidas toca aspectos críticos para el mundo: la pobreza, el hambre, la salud, la educación, la igualdad, el clima, el trabajo, la energía, el agua, la naturaleza… La Paz. Las alianzas. Pero si nos situamos en un plano más esencial de lo que caracteriza la sostenibilidad, encontraremos que esta se fundamenta en un principio muy sencillo: ser sostenible es, básicamente, asegurar el presente sin comprometer el futuro. Y esta propuesta, generosa por defecto, impacta no solo en esos ámbitos, sino en todos los que nos definen como civilización. Es sabido que las civilizaciones desaparecen cuando una generación deja de preocuparse por el destino de las futuras, cuando nadie planta árboles cuya sombra no pueda aprovechar en vida.
Por eso creo que hay condiciones previas necesarias para que esos ODS y otros más puedan llevarse a efecto. Valores que son más necesitados aún de prácticas sostenibles. Quizás ninguno recordemos tiempos en los que se haya temido tanto al futuro como los actuales. Porque el mundo está quedando al albur de líderes, fuerzas políticas, tecnócratas, corrientes ideológicas y autocracias que desprecian los modelos básicos de desarrollo, de alianzas, de libertades, de justicia o de simple convivencia. O de caudillos que directamente tratan de destruirlos. Líderes que viven en un presente constante de estilo revanchista, psicópata, egoísta, excluyente y distópico.
Lo grave no es eso. Lo grave es que, como en otros recientes episodios de la historia, de la más dramática además, lo están haciendo con amplios apoyos populares y desde las propias instituciones y modelos democráticos. Por tanto, pues, haciendo uso de herramientas diseñadas y perfeccionadas durante siglos para evitar, precisamente, el colapso que causan este tipo de propósitos totalitarios. En un caso, el más peligroso con toda seguridad, esto surge desde una de las democracias más antiguas y garantistas del mundo. Hablo de Donald Trump y Estados Unidos, como es fácil suponer. ¿Pero a qué viene todo esto en la introducción de un acto sobre sostenibilidad ambiental? Porque, si nos detenemos a pensar un instante, concluiremos que no será posible que logremos que nada que merezca la pena sea sostenible, ni la paz ni el clima ni el agua ni la educación ni la justicia ni la naturaleza, la salud, nuestros negocios o actividades del tipo que sean, no será posible, digo, si las instituciones y sistemas legales que deben impulsar y consolidar nuestro progreso social quedan en manos de mandatarios de esta calaña.
Desde hace muchos años defiendo que el debate público de cualquier sociedad democrática, a la escala que sea, local, nacional o regional, y su progreso colectivo se empobrecen o deterioran cuando coinciden tres patologías. Una. Se olvida el valor del multilateralismo y comienza a predominar el bilateralismo. Así se anulan espacios, aunque sean mentales o anímicos, de contraste, de unión, de colaboración, de cesión. Así entramos en esa demencial dinámica de que no se acepte que en una democracia es tan válido y legítimo que gobierne un partido como otro. Kissinger ya adivinaba que el problema más básico de la política no es el control de la maldad, sino la limitación de la rectitud. Dos. Reinan el olvido y la desmemoria. Solo importa el presente no ya frente al futuro, que no lo conocemos, sino frente al pasado, que sí conocemos y sirve para explicar lo que somos y prevenirnos de graves errores postreros. Perdemos todo lo que aporta el contexto a la interpretación correcta de la realidad. Y tres. El hecho cierto, el conocimiento, la búsqueda de la verdad como un valor supremo quedan relegados frente a lo opinable, el gusto, la inconsistencia de las percepciones personales, el punto de vista de parte y la subjetividad. Así una sociedad deja de avanzar, queda anclada en la ignorancia y renuncia a la innovación y el análisis. Cuando miramos para otro lado ante cosas así, peor aún si las impulsamos, estamos creando las condiciones propicias para que aparezcan nuevos trumpismos. Todos somos en parte responsables, en mayor o menor medida, de poner o quitar granitos de arena.
Es de agradecer por eso la implicación con El Norte de Castilla de cuantos apoyan estos premios, cuantos estuvieron el jueves en el acto, de los miembros de jurado, de quienes respondieron a nuestra convocatoria. Porque con ello, con ese grano de arena, hacen sostenible El Norte de Castilla y sus valores. Y este diario, no es por nada, pero representa una de las columnas vertebrales que mejor contrarrestan las tres patologías que antes mencionaba. Uno. Porque en nuestro periodismo caben todos, no despachamos doctrina ni moral. Y diré que caben especialmente las voces más frágiles. Ejercemos una función de contrapoder y equilibrio. A diferencia de lo que sucede en otras instancias, nos encanta no tener siempre la razón. Dos. Porque con más de 170 años de vida, este diario es memoria viva y activa de Valladolid y de Castilla y León. Representamos parte del contexto de lo que somos, por incómodo que ello resulte a veces. Tengamos en cuenta que este periódico ya contó la muerte de Abraham Lincoln… Y tres. Porque para nosotros los hechos son sagrados, de modo que, sabiendo que nunca lograremos conocerlos exactamente, no hacemos más que perseguir la verdad, aproximarnos a ella, corregir nuestros errores y escuchar a nuestros lectores y suscriptores.
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