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Del reciente comunicado de divorcio de los Gates –rubricado por ambos– lo que más sorprende no es que se separen al cabo de 27 años ... de matrimonio: seguro que muchas parejas –después de haber tocado fondo y enfermar de tedio– lo harían también, si dispusieran de una fortuna así. Ni tampoco nos maravilla la inmensa cantidad de dinero que de mutuo acuerdo van a repartirse, con resultar ésta más que llamativa: se calcula que al menos 124.000 millones de dólares. Lo que de verdad asombra es el tono y contenido de dicho texto. Un vocabulario en que el amor no se muestra ni por asomo; un lenguaje que suena como el último mensaje de los fundadores de una secta; un discurso que recuerda el de la escisión entre empresas; una especie de aberración emocional; una negación de los sentimientos. Sólo la petición final, solicitando respeto a la privacidad de cada uno de los cónyuges parece corresponderse o coincidir con otras declaraciones de este tipo. Y no –precisamente– para bien. Viene a ser la típica frase de advertencia a los medios, según la cual se está reconociendo haber reclamado la atención pública durante un tiempo para –luego– exigir que te dejen hacer tu vida, cuando ya no interesa que esos mismos medios levanten acta de tus andanzas.
No olvidemos que, más allá de su loable labor benéfica, la Fundación Gates está empeñada en 'grandes causas', tales como el estudio, pero –sobre todo– la batalla, contra el 'desastre climático', la prevención de enfermedades infecciosas y la lucha por fomentar la vacunación respecto a ellas. Asuntos todos que tienen que ver tanto o más con el futuro que con el presente, o –para ser más exactos– con una particular visión del mundo y su porvenir. Una visión con la que, a través de libros y folletos, se está especulando acerca del mañana y determinando qué debe el personal hacer y qué no, e –incluso– lo que habría de comer o dejar de consumir. Y es que no sólo los identificados como 'negacionistas' deliran en torno a la existencia pasada o ulterior, las causas de las enfermedades o las formas de combatirlas. Gates no es un profeta. No es un investigador ni un científico. No es un guía espiritual, aunque a veces se diría que intenta serlo. Es un individuo que ha hecho muchísimo dinero y que, como la mayoría de los ricos filántropos en cualquier época, da la impresión de que necesita de manera imperiosa sentirse clarividente y bueno.
Ya el principio del comunicado espanta por el contraste brutal entre la primera locución y la segunda: «Después de mucho tratar de darle vueltas y de dedicar un montón de trabajo a nuestra relación, hemos tomado la decisión de terminar nuestro matrimonio». ¿Trabajar? ¿Tratar? ¿Son estos los términos más adecuados para referirse a una relación amorosa? La frase inmediata resulta fría o cruel y retumba como un utensilio quirúrgico cayendo sobre una placa de zinc: expresado de otro modo, «nuestro compromiso se ha ido a la mierda, eso es todo». El periodo inicial del parágrafo apunta a una justificación a propósito de lo que sigue detrás. Como si tuvieran que implorar perdón por no haberse comportado en cuanto a ese matrimonio ideal que se pretendía. Hipocresía muy norteamericana que mueve a algunas personas divorciadas a volver a casarse velozmente porque, a la hora de buscar trabajo, hallarse en tal situación de single no queda demasiado bien.
No es el problema de los Gates. Sí, quizá, el de unos 'vergonzosos pecadores', pues la contundencia o sequedad de la oración hace creer que algo se oculta. Y que, por no desvelarlo, se reviste de la luz cegadora de un destino superior: «Seguimos creyendo en esa misión y continuaremos nuestro trabajo juntos en la fundación». Lo más terrible, sin embargo, es lo que el propio texto dice sobre la naturaleza de semejante 'misión': «Durante los últimos 27 años, hemos creado una fundación que trabaja en todo el mundo para que todas las personas puedan llevar una vida productiva y saludable».
¿Y si las gentes no quieren llevar una vida ni tan productiva ni tan sana, pero –no obstante– se quieren para siempre? ¡Cuánta soberbia puede esconder –a veces– el supuesto amor al prójimo!
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