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Los días pasan como relámpagos por la ventana de su habitación. Da igual el calor sofocante que impregne el patio, porque tiene el aire acondicionado ... en modo Suances. «La playa de Valladolid, hijo», le decía siempre a Gonzalín, que ya calza cincuenta y pocos. Hace ocho meses que está en la nueva residencia, al lado de San Quirce, porque se cayó dos veces de la cama y no consintieron que hubiera una tercera, pese a sus quejas. Lamentos no hubo, porque Natalia asumió que vivir muchos años conlleva ciertas contrariedades, como compartir mesa en el comedor con una señora que parece que se peina con una piña. También tiene cosas buenas, porque hace todo ese tiempo que no plancha una blusa y sus hijos la llevan a comer todos los domingos a sitios fetén.
Se llama Natalia porque a sus padres no les dejaron ponerle Katiuska, como la protagonista de aquella zarzuela. Su padre, que tenía más carácter que un tertuliano desatado, le dijo al del registro que lo más ruso que tuviera en el menú, y Natalia se quedó. Lo hizo por pura chulería, porque cargaba a la derecha de toda la vida, pero no consentía que le tocasen sus acomodos ni lo más mínimo.
Así que ahora su vida transcurre entre sesiones de terapia ocupacional que pasa haciendo los crucigramas de las revistas, momentos con fisios que le convalidan por los interminables paseos por el patio a velocidad de vértigo y alguna que otra siesta, porque eso, dice, es salud. Muchos de los tiempos muertos los emplea recortando las columnas de El Norte y ABC que más le interesan. Cada día. Puntual como el informativo de Radio Nacional. Y despelleja a los que desprenden ínfulas de literatos llamándolos pelanas, o diciendo que parece que han comprado un saco de comas y lo han dejado caer sobre el texto.
Su nieta se parte el culo con ella, pero Natalia le contesta que será que se desternilla de risa. Su condición de profesora emérita (hasta que sus tropiezos le impidieron mandar su artículo semestral a la facultad) le permite puntualizar a jóvenes y mayores. Su nieta le dice que todo lo que hace es vintage, pero ella responde que en tal caso será tradicional y seguro. Se niega a digitalizar esos artículos, pese a que le han dicho treinta veces que así no los perderá nunca. Y, bajándose ligeramente las gafas, contesta que «nunca» es demasiado tiempo comparado con lo que a ella le queda.
A veces, por las noches, echa una ojeada a los álbumes que encargó a su hija traer de su casa. Vintage, antigua le dicen a ella, que vio y aún no entiende cómo dejaron caer el Teatro Pradera. Ella, que vivió noches de comedia gloriosas en Lope de Vega, que tenía asiento fijo para ver a Nate Davis con aquel Miñón Valladolid, que fumaba Fortuna y lo dejó por suerte. Y termina admitiendo que sí, que puede que sea algo retro. Pero que prefiere llamar cada día a todos sus hijos, incluso al que vive en Cork, en la verde Irlanda, que mandar un mensaje sin ninguna inflexión de emoción en el tono de su voz. Que prefiere madrugar y escuchar la radio en su paseo previo al desayuno, aunque sea con esos auriculares rimbombantes sin cable que le ha dejado su nieta en la mesilla, que echar un rato más en la cama. Que prefiere escrutar cada milímetro del periódico y sus opiniones pese a que en Internet tiene las noticias al momento.
Natalia es una mujer de otra época y lo sabe. Pero también es una romántica y advierte que las fotos de un móvil rara vez se enmarcan. Por eso, cada semana pide que le impriman una. Intuye que lo que no se dice, se lo lleva el viento. Por eso escribe una carta a cada uno de sus hijos en semanas alternas. Cortita, pero para que les haga ilusión recibirla. Y por eso echa un rato largo explicándole a su nieta que esas chicas de uñas largas que ella escucha estarán muy empoderadas, pero que una tal Mari Trini, hace cuarenta años, ya decía que no era esa que el fulano de turno se imaginaba. Y que decir eso en el setenta y uno puede que fuese o no vintage, pero era de tener unos ovarios como la Cúpula del Milenio.
Algunas noches, desde su atalaya del segundo piso de la residencia, Natalia observa las calles desiertas de este verano vallisoletano. Y en su reflexión, piensa que muchas de las cosas que ve y escucha tampoco han cambiado tanto. Más en la forma que en el fondo. Termina la última carta de esta semana, le pega el sello y lame el borde del sobre para cerrarlo. Un desperdicio de tiempo y dinero, le dicen meneando la cabeza. Pero qué le va a hacer. Le va lo retro. Obvio, como dicen los jóvenes ahora.
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