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Hace apenas una semana, ni las tertulias de mayor prestigio en los bistrós parisinos, donde los ciudadanos de todos los partidos debaten con ardor tradicional ... sus creencias políticas, lograron encontrar la clave que habría de dar a Francia una Asamblea Nacional capaz de imponer la gobernación del país, por orden del presidente de la República Enmanuel Macron. Ese vehemente ejercicio popular, tan arraigado allí desde los tiempos seculares de la Revolución republicana, desembocó en alivio el domingo día 7 de julio: Francia se alejó del abismo y rechazó a la extrema derecha de Marine Le Pen en unas elecciones parlamentarias colmadas de enigmas y sobresaltos. El electorado relegó al partido de ultraderecha al tercer puesto, dio la victoria a la coalición difusa de los partidos de izquierda y ningún bloque está cerca de tener una mayoría de diputados. Francia se ha sumido en una profunda incertidumbre. «¿Y ahora qué hacemos?», preguntaba en portada el diario Le Parisien sobre una foto del presidente Emmanuel Macron con semblante perplejo.
El rígido régimen presidencialista de la V República establecida por el General De Gaulle debilitó en Francia a una cultura del compromiso político. En muchos países europeos la respuesta a esa dispersión es sencilla: los partidos rivales se reúnen para negociar un acuerdo de coalición, pero la política francesa entró en este siglo veintiuno, plagada de complejas demandas de gobierno, en un período de confusión y maniobras mientras los partidos intentan determinar quién debe gobernar. Hace una semana, el Primer Ministro del Reino Unido Keir Starmer, líder laborista y moderado socialista, ganó las elecciones con un resultado aplastante, frente a los conservadores británicos, huyendo de la demagogia, el populismo y la retórica y tomó posesión de su cargo el día siguiente al de su victoria en las urnas . Emmanuel Macron tardó una semana en comunicar a los franceses que nadie había ganado en la segunda vuelta de los comicios e invitó «a todas las fuerzas políticas a respetar y aplicar las reglas del parlamentarismo republicano» para construir una necesaria mayoría.
La apuesta de Macron para la formación del Parlamento, tras haber detenido momentáneamente la ola lepenista, resultó ser en perspectiva una jugada presidencial, casi monárquica, que debería salvar a la Francia democrática y a las instituciones europeas al mismo tiempo. Las pasiones de los últimos días han recordado un salto democrático similar: el que dio respuesta a Jean-Marie Le Pen, cuando su partido alimentado con el nazismo y el antisemitismo logró participar por primera vez hace veinte años en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y eliminar al primer ministro socialista Lionel Jospin. En las elecciones legislativas celebradas unas semanas después, el entonces Frente Nacional no logró enviar ni un solo diputado a la Asamblea Nacional.
Emmanuel Macron ha salvado a Francia del salto oscuro de la reacción xenófoba, populista y euroescéptica del partido ultraderechista. La derrota de esa extrema derecha y su euforia han sido arrasadas por ahora. Macron ha pagado un alto precio por su imagen narcisista en su estilo del poder de los presidentes franceses; pero el Júpiter metafórico, condenado por la agitación callejera, aún es capaz de negociar. Mantiene a su joven Primer Ministro Attal para los asuntos cotidianos, los inminentes Juegos Olímpicos y los conflictos en curso. Al Presidente le quedan más de tres años de mandato y parece a veces que no tiene que justificar lo que dice y hace, como si después de él llegara el diluvio.
Caminar por los salones del Palacio del Elíseo es como pasear por un museo poblado de oropeles, muebles de época, cuadros, escudos... Hace tres siglos, el rey Sol Luis XIV regaló ese Palacio a su amante, cortesana y consejera, Madame de Pompadour. Allí vivió Napoleón Bonaparte, atrincherado después de la batalla de Waterloo. En el Salón de Plata, el Emperador derrotado firmó la rendición que le valió su destierro en Santa Elena: «Me ofrezco en sacrificio al odio de los enemigos de Francia». A excepción de los años de la ocupación nazi durante la II Guerra Mundial, en el Palacio del Elíseo han habitado todos los presidentes de la República. De no lograr la composición de un gobierno presidido por un Primer Ministro de su partido, Enmanuel Macron deberá aplicar la norma no escrita de la cohabitación política y abrir la puerta dorada del Palacio a un adversario designado por la Asamblea Nacional. Los siglos han mudado allí la épica y la política.
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