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La agitada historia de Gaza y la creciente desgracia de sus habitantes han demostrado a lo largo de los siglos que esa tierra de arenas ... sedientas y cielo abrasador tiene el raro poder de multiplicar el efecto de los sucesos que acontecen sobre su reducido escenario desde hace milenios. Invasiones, guerras, reinos, revoluciones, intifadas, matanzas… Ese territorio convergente de tres continentes asomado al mar Mediterráneo ha sido exiguo escenario de hostilidades sangrientas entre los pueblos que lo desean, en busca de conquistas de aquel lado del Mediterráneo. Los faraones de Egipto, los ejércitos filisteos, los pueblos venidos del mar y hasta las huestes gloriosas de Alejandro Magno, predecesores todos de tantas invasiones de ese territorio de incertidumbres, fueron algunos de los dueños de esa estrecha Franja plagada de leyendas. Se les vino encima aquel cielo azul a los filisteos cuando Sansón echó abajo con la fuerza de sus brazos hace tres mil años las columnas del Templo. Allí se asentaron dos milenios más tarde las tribus israelitas, y aquella tierra tan apetecida por su situación estratégica fue conquistada por los musulmanes llegados de Siria a finales del siglo séptimo. Dicen los más viejos de esa Franja del Levante mediterráneo, escenario de tantas tragedias, que cada siglo cae allí sobre sus habitantes una desgracia desde el cielo.
Sigue una guerra abrasadora en Gaza desde hace casi ocho meses, un pequeño territorio de 380 kilómetros cuadrados poblado por más de dos millones de palestinos, y nadie ha logrado imponer ni la legislación ni la política internacional disuasiva para garantizar la vida de esos inocentes que lloran sobre los cadáveres de sus muertos, más de 36.000 según Hamás, y los escombros de sus casas derruidas. Se asiste cada día allí a la ignominiosa exhibición mediática de esa ferocidad que protagoniza sin rubor el ejército israelí, mientras sus enemigos irreductibles, las facciones terroristas de Hamás, esconden y martirizan metidos bajo tierra al centenar de israelíes rehenes de una operación cruel que ha sumido a los israelíes en un estado de profundo pánico.
En las entrañas de esa tierra de Gaza, una cárcel abierta al cielo y escondidas en una inmensa red de túneles, se esconden las milicias de Hamás, que cumplen su objetivo militar con la eficacia que profetizó así el periodista del New York Times Thomas Friedman después de la matanza del siete de octubre: el gobierno de Benjamin Netanyahu corre el riesgo de que una reacción demasiado férrea al pogromo en los kibutzim fronterizos y en el Néguev (1.200 israelíes muertos, seis mil heridos, violaciones en serie y 250 rehenes) empujará con su ferocidad al Estado de Israel a una trampa para hacerlo impopular en el mundo, y lo acusará de genocidio. En efecto, la respuesta del gobierno de Netanyahu y la atrocidad de su ejército han sido origen de fulminantes protestas: la mayor parte de países vecinos y lejanos han condenado esa brutalidad israelí, mientras los palestinos trashumantes están decididos a resistir sobre su amada tierra de Gaza sin poner límites al sufrimiento, como en la Sudáfrica racista cuando se fundaron los bantustanes, reductos tribales de los negros.
Gaza se ha convertido en el alfil de los países musulmanes sobre el convulsivo tablero bélico del Oriente Medio, pero su aprobación de someterse a la jurisdicción de la Autoridad Palestina cuando acabe esta guerra, es escasamente probable. En la breve pugna civil librada entre ambos grupos palestinos que tuvo lugar en la Franja de Gaza el año 2008, Hamás se negó a aceptar la administración del presidente Abú Mazen. Hamás, bien surtido ya por Irán en armas y dinero, venció en dicho conflicto y expulsó de la Franja a los funcionarios partidarios de Fatah y a los miembros de los cuerpos de seguridad de la Autoridad Nacional Palestina.
Se estima que un millón de palestinos han huido ya a Egipto por la frontera de Rafah desde el inicio de la ofensiva israelí. Para los que quedan, los combates están teniendo consecuencias espantosas. ¿Quiénes son responsables de la masacre de Gaza? Netanyahu está obsesionado con la guerra que ahoga el ruido de sus delitos en manos de los tribunales; y los dos cerebros de las atrocidades de Hamás, Muhammad Deif y Yahya Sinwar, están escondidos en algún túnel de la Franja. La guerra de Gaza es un desastre diplomático para Israel, un atolladero militar de Hamás y una horrenda tragedia para los palestinos.
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