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No tiene horario la muerte en esta tierra tan disputada. La fuerza militar más poderosa de Oriente Medio, el ejército de Israel, tan temido como ... amenazado, el famoso Tzáhal dotado incluso de arsenal nuclear, no solo ha subestimado por completo la eficacia y la magnitud del ataque llegado de Gaza, sino que ha fracasado rotundamente en los esfuerzos para mantener sus eficaces servicios secretos. Su arrogancia y la suposición errónea de que Hamás era ya una amenaza controlada en el mapa de su espionaje bien nutrido, han echado sus servicios de inteligencia al pozo de la duda y creado el riesgo de ser castigado por sus innumerables enemigos desde hace décadas.
Otoño del año 2004. Los enemigos irreconciliables se enfrentaban ya en los campos de refugiados de Gaza a golpe de hierro y fuego hace dos décadas. Me vienen a la memoria aquellos días de la soñada eficacia palestina. El combate brutal se inició una mañana en el poblado corazón del barrio de Jabalia, en torno a su mercado. La invasión israelí comenzó cuando los carros blindados dispararon sus obuses contra los edificios en los que supuestamente estaban apostados los comandos de Hamás. Los proyectiles mataron aquel día a una decena niños que iban a la escuela. Los milicianos palestinos se desplegaban en guerrilla urbana detrás de exiguos parapetos, escondidos tras las esquinas de los callejones. Los blindados israelíes avanzaban lentos, pues no había puertas para entrar en aquel maldito laberinto donde habitan más de 100.000 palestinos en condiciones miserables. Los arcaicos cohetes Kassam que fabricaban en recóndita clandestinidad los ingenieros de Hamás no superaban cinco kilómetros de alcance y habían logrado solamente una víctima mortal. Los autores de aquella arma secreta mostraban con orgullo sus talleres artesanales y su fe casi celestial, pues esperaban mejorar su eficacia y conseguir que el cielo de Israel se derrumbase con la ayuda de Alá.
Otoño del año 2023. En la Franja de Gaza sobreviven dos millones y medio de palestinos, la mayor parte desplazados hacia el sur desde los campos de refugiados, como el de Jabalia, que han encontrado refugio miserable en ciento cincuenta albergues de emergencia gestionados por la Agencia para los Refugiados Palestinos. Una semana después de la invasión terrestre de Gaza por Israel, sus batallones blindados han matado a más de 10.000 palestinos, según Hamás, y comienzan a sufrir ellos menos de un centenar de bajas. Esas muertes de civiles continúan aumentando hasta alcanzar niveles notables al norte de la ciudad de Gaza. A pesar de sus ataques contra los talleres donde los ingenieros palestinos fabrican sus misiles capaces de bombardear el centro de Tel Aviv, el ejército israelí no ha logrado aniquilar ese muy limitado poder de respuesta artillera de los Kassam de Hamás.
La reacción tardía del Ejército israelí y la vacilación de Benjamin Netanyahu, unas horas posteriores al primer ataque de los terroristas de Hamás, sitúan al primer pinistro en un lugar equivocado y medroso, incapaz para responder a aquel reto inesperado. Su réplica tardía a la descomunal ofensiva de Hamás, que costó la vida a más de 1.500 ciudadanos israelíes, fue la cosecha de las obsesiones que llevaban a Netanyahu a centrarse en Irán, única amenaza existencial para Israel, mientras ignoraba y despreciaba al otro enemigo, los terroristas de Hamas, que vivía en el patio trasero de su casa.
El mensaje del primer ministro a los israelíes reiteraba desde hace años que el verdadero peligro llegaría de Irán, pues «con la ocupación de Cisjordania y el asedio de Gaza, la cuestión palestina ya no sería una amenaza para la seguridad de Israel». Todas esas suposiciones quedaron destrozadas la noche trágica del 7 de octubre.
En su tiniebla, inspirada quizás por los partidos judíos ultraortodoxos que lo mantienen en el cargo, Benjamin Netanyahu propone ahora una guerra larga y global que cumpla las profecías de Isaías, profeta del Islam también: «Nosotros somos el pueblo de la luz y ellos son el pueblo de la oscuridad». Así marcó el profeta, estadista y orador esa línea política: «¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, porque tendrán las tinieblas por luz y la luz por tinieblas!». Profeta Isaías, allá donde estés, haz algo, a ver si a ti te hacen caso. Desde su vacilante tiniebla, se apresura Netanyahu a elaborar un plan bíblico para «borrar a Hamás de la faz de la tierra» y salvar su carrera.
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