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Sergio Perela
Segovia
Domingo, 9 de mayo 2021, 22:26
A estas alturas de la temporada, en el grupo en el que los equipos castellanos y leoneses se están jugando la permanencia cn la Tercera, cada partido empieza y termina impregnado de tensión y apuros. Los entrenadores se muerden las uñas y los minutos pasan a ser algo tan intangible que dejan de pertenecer a ese tiempo mensurable que tan relativo llega a ser dependiendo de a quién favorezca. El cara a cara entre La Granja y el Becerril fue eso, un enfrentamiento de dos púgiles mirándose firmes, sin perder la cara al partido y planteando cada acción como si fuera la última sobre un césped que mostraba quizá la mejor versión de la temporada. Lástima que todo el resto de condiciones, sobre todo climatológicas, lo afearan. Pocas cosas hay peores para el fútbol que la mezcla entre viento y agua. Viento con grados traídos de la sierra y agua como tirada a cubos, constante y pesada.
CD La Granja
Loren; Cuadri, Iván, Pluma, Cristian (Alberto, min. 62); Gabi, Miguel, Ibra; Ayoub (Hamza, min. 62), Velasco y Lázaro.
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Becerril
Sevillano; Ismael (Ricky, min. 46), Diego Martín, Sierra, Carlos, Kike, Varo, Blanco (Simal, min. 77), Rubén Vallejo, Eloy (Melero, min. 68) y Kuko.
Ricardo de Andrés, con el equipo todavía recuperando forma tras los casos de coronavirus y el difícil partido del miércoles, se veía obligado a mutar en el ataque ante la falta de delanteros. En lugar de colocar a Ayoub arriba, decidió dejarlo en la derecha buscando la velocidad en las bandas y se inventó a Velasco como nueve. El medio pugnó cada balón, busco asociarse con la segunda línea y tiró del equipo lo que pudo. Y tuvo ocasiones, claro que las tuvo. Como las tuvo un Becerril que tenía muy claro cómo debía jugar en el Real Sitio. Bien pertrechado, con líneas muy juntas y una sección defensiva que actua con la premisa del «zapatero, a tus zapatos». Nadie se movía un centímetro si suponía salirse de su zona de protección. Atrincherados, los palentinos se encomendaron a sus peremnes dos puntas y al balón parado.
La Granja era ímpetu y el equipo palentino, sobriedad. Ante los empujones celestes, aguante y paciencia. Con esas armas tuvieron en la primera parte un mano a mano muy claro que Loren supo sacar, fruto de un error defensivo de los locales. Y los de Ricardo tuvieron también otro par, sobre todo un balón al larguero de Miguel. Con todo abierto, tocaba encomendarse a una segunda parte maldita porque al factor viento se le iba a sumar el elemento del agua.
Cuando al entrenador granjeño se le mete una idea entre ceja y ceja, mientras el plan de partido no se mueva demasiado, él persiste. Seguía pensando que con la velocidad y la potencia de Lázaro por la izquierda, las cosas iban a salir. Como Ayoub parecía flaquear por la derecha, metió a Hamza. De hecho, cambió toda la banda, porque decidió jugar con Alberto como lateral y pasar a Cuadri al costado izquierdo. Tenía que jugar con los estados de forma y ver si, de paso, eso podía alterar también los planes de Eduardo Narganes. No ocurrió. Para el técnico palentino era innegociable el hecho de que, si no podía sacar algo, al menos no iba a perderlo.
Con el agua arreciando, los centrocampistas empezaron a dedicarse más a perseguir y pelear balones aéreos o divididos que a jugar o combinar. Metidos más a fontaneros que a albañiles, el que se pudiera mover el marcador quedaba más del lado del error. Y los hubo, por ejemplo, con un mano a mano que se inventó Lázaro ganando en velocidad a Sierra y haciendo crecer la figura de Sevillano. La respuesta del Becerril llegó gracias a otro error, esta vez de marca en una falta desde el costado derecho, que dejaba a Blanco rematando en boca de gol sobre el cuerpo de Loren. El equipo de Palencia tendría otra buena oportunidad en otro error de marca, una descompensación por el costado izquierdo entre Cuadri y Pluma que Simal, recién incorporado, iba a mandar fuera en el primer balón que tocaba. A esas alturas de partido, justo cuando le tocaba entrar en el campo, ya se veía en la cara del atacante que había pocas ganas. Sustituir, aterido de frío y medio tiritando, a un compañero como Blanco que se iba escurriendo la camiseta en un partido que estaba siendo ingrato para todos, espectadores y protagonistas, no era el mejor plan para la tarde del domingo.
Iban quedando pocos cartuchos, cada vez estaba más claro que la pólvora de ambos equipos estaba mojada. No era mucha, eso era sabido por la situación en la que se encuentran. Sin balas, con el cronómetro corriendo inexorable y mucho más rápido que la pelota; en un partido trabado y tenso, sacar algo adelante era una cuestión ya más de fe que de fútbol.
Los cambios de Narganes daba la impresión de que estaban pensados para intentar mantener la pelota lejos de su portería más que nada, intentando no arriesgar demasiado y ver si con eso y alguna sorpresa desde la segunda línea daba para cargar algún punto más en el autobús de vuelta. No contaba quizá con la perseverancia de un inasequible al desaliento como Velasco. Siempre vaciándose en el campo, siempre tirando del carro, situado en la punta empezó a dedicarse a buscar socios, a sumar feligreses a un credo en el que solo parecía creer él.
Miguel fue el primero en encontrarle, tras cortar con contundencia una pelota en el medio. Filtró hacia la posición de un Velasco metido a pivote que devolvía el balón en pared por arriba. El medio iba a cruzar con la derecha muy cerca del palo contrario en un aviso más que serio cuando se entraba en la recta final. Minutos después, de un disparo suyo con la izquierda rebotado, Lázaro iba a intentarlo de cabeza como haciendo constar que el 10 también se sumaba a esa nueva fe que se agarraba a un clavo ardiendo. Quizá por eso porfió y metió la pierna en la frontal, cuando un central palentino quería lanzar la bola lejos. La volea de Velasco se iría fuera. No hubo premio a la perseverancia, que es lo que necesitarán ambos para lograr la permanencia.
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