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Hay que retrotraerse a 1800, más menos. Y a un Zorrilla ya en avanzada edad que conoce la creación en Valladolid de una especie de sociedad o de círculo formado por un grupo de ingeniosos jóvenes con la sana y única intención de dar rienda suelta a sus inquietudes, culturales o no. Se reunían en el Café del Norte, «ni muy espaciosa ni bien acondicionada, pero con balcón a la plaza Mayor» –rezan las crónicas de la época–, y allí fue donde se cocinó lo que pasó a llamarse Pisto-Club por lo variado de sus ingredientes y las especias tan variadas que recogía cada cita. No deja de ser curioso que el propio Zorrilla, «atosigado por tanto cargo regalado como le llegaba desde España y América», renunciara a la presidencia de honor de este improvisado club.
Duraría poco su negativa, ya que finalmente se le convenció y empezó a acudir con cierta frecuencia a una cita que celebró su llegada con música, bailes e incluso con «farolillos rojos», según contó la hoja literaria ‘El Imparcial’. Los allí reunidos, que recibían el sobrenombre de ‘pistófilos’, terminaban de madrugada tras el pertinente ágape antes de perderse en la niebla camino de sus casas.
Pues bien, ha pasado algo más de un siglo y aquel club, perdido en el tiempo, retoma ahora su sentido a partir del último bautismo de recuerdo celebrado la semana pasada en la Casa de Zorrilla. Una ceremonia por la que han desfilado ya más de cincuenta poetas, y que en su última convocatoria tuvo a Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño como protagonistas, con José Noriega, Antonio Piedra y Pedro Ojeda como padrinos de excepción.
Con Paz Altés y Javier Calaveras como anfitriones, allí se citaron para escuchar de boca de los padrinos un puñado de versos de los poetas ‘bautizados’. «Hablamos de nuestra vinculación con Zorrilla y disfrutamos de una extraordinaria velada como si estuviésemos en el salón de nuestra propia casa. Daba la sensación de que estábamos en un tiempo irreal, daba igual que fuera el siglo XIX o el presente año», recuerda a este diario Luis Alberto de Cuenca, Premio Nacional de Poesía.
Los padrinos se repartieron los versos, de modo que Antonio Piedra recurrió a ‘Qué haría yo sin mis tebeos’, Pedro Ojeda echó mano de ‘Cuaderno de vacaciones’, y Pepe Noriega acudió al libro de haikus de Alicia Mariño, ‘Aire del tiempo’.
Una fiesta familiar que tuvo su prolongación en el Café del Norte, «lugar habitual de reunión de los poetas» –subraya Luis Alberto de Cuenca–, y donde la cena dio paso a los postres, y éstos al renacimiento del Pisto-Club. Paz Altés fue la encargada de leer un manifiesto de lo que era y debe ser esa reunión de intelectuales, y de paso de bautizar también el regreso a la escena de los ‘pistófilos’.
Un club nacido en 1880 que recupera todo su esplendor gracias a la iniciativa de la Casa de Zorrilla, y que ya tiene en Antonio Piedra, Pedro Ojeda, José Noriega y, por supuesto, Luis Alberto de Cuenca y Alicia Mariño a sus primeros ‘pistófilos’.
«Es una fortuna que Valladolid pueda contar y disfrutar de esta Casa de Zorrilla», remata Luis Alberto de Cuenca.
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