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El cine de autor no es fácil, muestra la realidad y, la realidad, es cruda y dura. En ocasiones, preferimos no mirarla a la cara, y cerrar los ojos mientras dirigimos nuestra vista hacia otro lado. Pero el cine independiente suele enfocar su objetivo hacia ... ese mismo punto que rechazamos para obligarnos a mirar. Una mirada que hoy, en la última jornada de la Sección Oficial de la Seminci, se ha tornado devastadora e incómoda.
¿Quién podría mirar mientras se comete una injusticia?, ¿mientras un hombre abusa impunemente de una mujer?, ¿mientras un niño es encadenado a una roca por el color de su piel? En 'Sweet Country', ambientada en 1929, el director Warwick Thornton recrea un drama cubierto de polvo y calor en el que Sam Kelly, un nativo australiano, tiene que huir junto a su mujer tras matar a un hombre blanco en defensa propia.
El propio título del largometraje esconde una contradicción: un mundo violento e injusto que sobrevive entre bellos y fascinantes paisajes del desierto de Australia.
En el Israel actual se enmarca 'Foxtrot', una película que cae en lo absurdo para mostrar la incoherencia de la guerra, donde cualquiera puede vivir o morir, como marionetas burladas por un destino disparatado.
El cineasta israelí Samuel Maoz dirige este drama donde una familia se enfrenta a la muerte de su hijo, un joven recluta. 'Foxtrot' es la clave que utiliza el destacamento del soldado al igual que es un baile,en el que todos los movimientos te llevan al punto de partida, igual que el destino hace danzar a los hombres. 'Foxtrot' te horroriza o te fascina. Incluso ambas, en cualquiera de esos giros narrativos que colocan al espectador en una situación incómoda; que le causan rechazo y malestar, pero que le conminan a seguir mirando, aunque no le guste lo que ve.
La evocadora 'Los pájaros cantan en 'Kigali' ('Ptaki Spiewaja w Kigali') cierra este año la 62 edición del Festival de Cine de Valladolid con la historia de Claudine Mugambira, de origen tutsi, la hija de un ornitólogo asesinado durante el genociodio de Ruanda de 1999. Una compañera de su padre la ayudará a huir de Polonia.
Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze están detrás de esta película polaca en la que sus protagonistas emprenden un intenso proceso psicológico de sanación y de restauración de sus vidas.
Han trabajado en equipo como guionistas y directores durante más de veinte años y son los autores de numerosos documentales y largometrajes de éxito, algunos de ellos se han proyectado en la Seminci cosechando distintos premios como 'La deuda', 'Plaza del Salvador' y 'Papusza'.
Krzysztof falleció prematuramente en 2014 mientras ambos trabajaban en 'Los pájaros cantan en Kigali'.
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