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Ramón García Mateos
Viernes, 5 de febrero 2021, 09:05
Ignacio Sanz (Lastras de Cuéllar –Segovia, 1953) es un escritor de obra extensa que se ramifica por diversos caminos: las obras narrativas –novelas y cuentos–, ... los libros de viajes, la literatura infantil y juvenil y los trabajos relacionados con la tradición y el folclore, bien desde el enfoque de la recopilación y el estudio o bien desde la recreación literaria de las formas propias de la oralidad; sin embargo, y a pesar de que en todos y cada uno de esos senderos por los que ha transitado nos ha dejado piezas de indudable valor y altura literaria, incluso algunos títulos fundamentales que yo no dudaría en calificar de extraordinarios, esa amplitud, que conlleva forzosamente la dispersión, no ha contribuido a que sea valorado como su obra merece y ocupe por densidad y calidad un lugar señero en el panorama de la literatura contemporánea en Castilla y León y, por ende, en España. Hago este apunte inicial porque acaba de aparecer, de la mano de Editorial Valnera, un libro de relatos que no debe, ni mucho menos, pasar inadvertido entre la hipertrofia de publicaciones que inundan el mercado literario; 'Voces remotas' es su título y reúne catorce piezas narrativas magistrales del género del relato corto.
'Voces remotas' son catorce voces que nos llegan, en primera persona, desde tiempos y lugares pretéritos a pesar de brotar en nuestro propio presente; para los hombres y mujeres protagonistas de esas historias se ha truncado la línea sinuosa del tiempo abocándolos a una realidad a la que son ajenos y se ven convertidos en transterrados de sí mismos: el hoy ya no es su tiempo y el ayer que habita en sus memorias ya no existe. Vuelve Ignacio Sanz con este libro sobre un universo literario que le es especialmente caro: el del mundo rural y su abandono, que actualmente parece haberse puesto de moda bajo el rótulo de la España vacía –o vaciada, según la perspectiva– y al cual Ignacio se ha acercado, intermitentemente, desde hace más de cuarenta años, convirtiéndose, junto a Avelino Hernández o Julio Llamazares, en uno de los precursores del tema con títulos que son referentes necesarios, como los libros de viajes 'Castilla a pie' (1979) y 'Crónicas del poniente castellano' (1985, con Avelino Hernández y Miguel Manzano), la novela 'Noche de enigmas' (1990) o el conjunto de cuentos 'Un trabajo de campo' (1990), por ejemplo. En ese mundo, transbordado de la realidad a la literatura, se sitúan los relatos que configuran Voces remotas, en los que es tan importante la historia que, palabra a palabra, se va urdiendo en el telar de la narración como la voz a través de la cual nosotros la escuchamos, que esa es una de las muchas virtudes del libro: ser capaz de que los personajes hablen para nosotros libres del corsé de la letra impresa, como si en lugar de lectores fuésemos testigos atentos de su discurso. Las historias son de muy distinto carácter (algunas terribles como 'Fresas' o 'Tres rumanos muertos'; otras desoladoras como 'Nuevas amistades' o 'Piña'; también novelescas como «Chimeneas»...) y las voces se adaptan perfectamente tanto al personaje como al tono del relato; el decoro, que decían los clásicos y del que con frecuencia se hace caso omiso en la narrativa moderna, se guarda aquí con absoluta fidelidad, en una muestra más de que Ignacio Sanz no solo es un narrador solvente, un contador de historias de raza y fuste, sino también un cuidadoso artesano del lenguaje, un alfarero –valga el guiño a su ocupación profesional durante muchos años– capaz de modelar las palabras que informan y dan sustancia a sus personajes.
El uso de la primera persona es clave en la unidad de conjunto del libro. Claro que los diferentes relatos comparten un mismo mundo y una misma perspectiva, sin duda, un mundo en trance de desplome y una mirada que no acierta a descubrir el sitio que nos toca ocupar en ese derrumbamiento, pero el nexo fundamental que, paradójicamente, unifica y diferencia los relatos es la narración en boca del personaje principal. Todos los cuentos están escritos así. Con distintas técnicas, ya que se utiliza tanto el monólogo interior, la primera persona confesional, la primera persona narrativa o la inclusión en el relato inicial de diálogos u otras voces paralelas, de manera que también el procedimiento narrativo contribuye al dibujo de los personajes: el viejo cura Ricardo rememora su vida en un pensativo duermevela a la espera de que lo recojan para ingresar en una residencia de ancianos o el dueño de una empresa de explotación agrícola intenta explicar a la prensa que no tiene responsabilidad alguna en la muerte de tres de sus trabajadores. De esta forma conocemos y entendemos a los hombres y mujeres que pueblan las páginas de Voces remotas de primera mano, sin intermediario alguno, son ellos mismos quienes se desnudan ante nosotros y se quedan en los cueros del alma; los conocemos y los entendemos y unos se nos hacen entrañables, aceptándolos incluso en su mezquindad, y otros, los menos, pero alguno hay, acaban en el límite de la repugnancia.
Tiene 'Voces remotas', en definitiva, todo lo necesario para ser un libro importante. Un ramillete de historias bien trenzadas y atractivas para un lector exigente. Un puñado de personajes magníficamente trazados que se levantan por sobre las páginas del libro, adquiriendo carnalidad, hondura y fuerza. Un lenguaje cuidado –cuántas veces se olvida que la literatura es esencialmente lenguaje–, ágil y delicado a la vez, buscando la cercanía a la lengua oral mas sin caer en la dejadez y la ramplonería. Un nuevo libro de Ignacio Sanz, un libro mayor –en todos los sentidos– , un regalo para sus lectores y una oportunidad de entrar en su obra por la puerta grande para quienes aún no lo conozcan.
Ignacio Sanz: 'Voces remotas', Ediciones Valnera, Cantabria, 2020
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