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Michi Huerta
Valladolid
Sábado, 24 de junio 2023, 00:19
En la periferia de las plataformas, marginadas por la tiranía de los algoritmos, sobreviven algunas series que plantan cara a las modas. Muchas no hablan ... inglés y exploran las miserias de las sociedades que las ven nacer, haciendo del entretenimiento serial una vía de comprensión de la realidad. A menudo, el espectador se lleva de ellas una verdad tras seguir en vilo las andanzas de sus protagonistas. 'Las buenas madres', producción italiana de Disney+, es una de esas series.
La cultura popular italiana de los últimos cien años ha sido pródiga en equipos memorables de fútbol y en bandas criminales. Un aura mítica, tejida con la romantizada rudeza de sus referentes, se ha apoderado de cientos de historias sobre goles milagrosos y tiros en la sien. La materia prima es tan abundante que, igual que existen la Azzurra campeona del 82 o el Milan de Sacchi, existe también una tupida red de imperios regionales levantados a golpe de extorsión.
'Las buenas madres' sitúa la lupa sobre la 'Ndranghetta, cuyos violentos tentáculos se extienden por toda Calabria. El argumento se remonta a los últimos años de la primera década del siglo XXI, cuando los móviles hacían fotografías primitivas de un entorno invariable. Allí, en esa punta de la bota italiana que ocupa la región, intentan respirar tres mujeres asfixiadas por el corsé de unas tradiciones que deben perpetuarse si pretendes morir de vieja.
Denise (Gaia Girace), Giusy (Valentina Bellè) y Cetta (Simona Distefano) componen el trío de referencia de una obra escrita por Stephen Butchard –a partir del libro de Alex Perry, basado en hechos reales– y dirigida por Elisa Amoruso y Julian Jarrold. Las tres sufren las estrecheces de un mundo sin puerta de salida porque la vida cotidiana no es más que una cadena perpetua. La familia como cárcel, ya se sabe, es uno de los grandes temas de las narraciones sobre gánsteres, pero pocas veces se ha puesto tanto el foco en los roles femeninos.
Denise es una adolescente desconcertada que quiere romper los vínculos con su padre, cabecilla de un poderoso clan. Giusy es una madre de mediana edad que lleva a los críos al cole, trapichea con su moto y se echa un amante en lo que el marido cumple condena. Y Concetta quiere ser Giusy, pero en cuanto se mueve medio centímetro su padre le propina una paliza de muerte.
Todas tienen el destino escrito por unos mandamientos patriarcales y sectarios. También en la 'Ndranghetta las señoras han nacido para casarse con quien conviene, asegurar la descendencia y obedecer a progenitores y maridos. Buena parte del honor de la estirpe depende de la aceptación sumisa de las reglas, así que 'Las buenas madres' encuentra un filón en los conflictos internos de unas mujeres que no aguantan más y que desafían al monstruo que las oprime.
Un cuarto personaje femenino se alía con ellas en una lucha tan desigual. Anna Colace (Barbara Chichiarelli), ayudante del fiscal, mira con sus ojos grandes y determinados las fotografías de los mafiosos clavadas en un panel y urde un plan para atacarlos por la retaguardia femenina. Podría parecer pura conveniencia estratégica, pero uno de los méritos de la miniserie consiste en mostrar que la sororidad también puede asomar por los vericuetos del derecho procesal.
Con semejantes mimbres, 'Las buenas madres' levanta media docena de inspirados capítulos que combinan el 'thriller' de investigación con el drama familiar. La factura estética es rotunda y apuesta por la síntesis en las soluciones de una puesta en escena –ay, ese final de la tercera entrega– que atrapa la mirada del espectador desde la escena inicial para no soltarla. La brillantez es aquí una cuestión de estilo, sí, pero también brota del ramillete de actrices que dotan de alma a unas mujeres que arrastran sus penas por las escarpadas ruinas de un pueblo calabrés.
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