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Javier Silva, en la trastienda de su galería. Carlos Espeso
Arte, inversión a prueba de crisis

Arte, inversión a prueba de crisis

Javier Silva abrió su galería en 2012 en Valladolid, una apuesta por descentralizar la creación contemporánea. Nunca soñó con durar tanto

Victoria M. Niño

Valladolid

Viernes, 6 de mayo 2022, 00:04

Nació cuando todo amenazaba ruina y está a punto de cumplir una década. Javier Silva abrió su galería homónima en 2012, durante una crisis que le dejó sin vecinos y diez años después ha superado la de la pandemia. Sigue abierta, acaba de inaugurar la exposición 'La siega', de Vítor Mejuto y está cerrando la programación de la próxima temporada. A sabiendas de que una gran mayoría prefiere un 'ferrari', hay público que compra arte contemporáneo.

«Empecé en menos cuatro. Tuve unos años en un taller de enmarcación y al cabo del tiempo me tuve que replantear mi vida y opté por la inversión más ambiciosa y arriesgada, una galería», dice Javier Silva que llegó al arte desde fuera hacia dentro. «Aprendí todo a base de golpes, nada que ver con otros colegas hijos de galeristas». No le fue mal. Inauguró la sala con Luis Cruz, «el pintor vivo más importante que tenemos en esta ciudad. Fue como una carta de presentación, una declaración de intenciones».

Su intuición y su gusto estético ha ido tejiendo una familia de creadores que tienen libertad de movimiento, a los que no les exige fidelidad. Ese es su gran orgullo apostar por Eloy Arribas, Ricardo Suárez o Jonás Fadrique en su primera exposición. Han ido creciendo juntos y «es lógico que su ambición les lleve más lejos, a trabajar con otras galerías». Ha perdido a algunos por el camino porque ese lejos es cerca, esas otras galerías están en Madrid. «Hay un modelo muy centralizado en España, se cree que lo mejor está en la capital, que tener un futuro pasa por allí. Trato de ser positivo y lo planteo como que acerqué a esos creadores luego más grandes a mi público. Fue el caso de Amélie Bouvier o José Castiella».

Javier se considera un «mal vendedor», incapaz de decir a un cliente «cómprate este cuadro». Va a medias con el artista, gastos de producción aparte, y cuando trata con jóvenes a veces tiene que enseñarles los límites «por debajo de los cuales no se paga ni su trabajo ni el mío». El precio medio de las obras que muestra en su galería es de 800, con un mínimo de 250 y los más caros, en torno a 4.500 euros. Trabajar con artistas de referencia que apuesten por lenguajes nuevos y que su galería sea algo más que una sala de exposición conforma la filosofía de Silva. «Poco antes de empezar cambió la afición nacional por la foto y se pone en valor la pintura, tuve suerte porque es la técnica que más me gusta pero también trabajamos el papel y dibujo». Aunque en la pandemia «todos se pusieron como locos a hacer exposiciones en plataformas, yo estuve tranquilo hubiera preferido cerrar si esa era la alternativa. Creo en la galería tradicional, un modelo en crisis que ahí sigue. En esencia el funcionamiento no ha cambiado». Aunque el marchante sea 'art dealer' o el comisario, 'curator'. La clave «está en captar por donde puede ir el arte en determinados momentos, y no es tanto la moda, sino algo más sutil». Pero en su oído resuena el consejo de un amigo para venderlo todo, exponer la obra de la esposa de Borja Thyssen.

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