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Llegó Enrique Cornejo a Valladolid hace doce años, con el bagaje de una carrera de éxito como empresario teatral, y dispuesto a reencontrarse con la ... ciudad que le vio nacer, en la que vivió su adolescencia, y la que tuvo que abandonar para buscarse un futuro. La reapertura del Teatro Zorrilla, lugar de sus primeros goces y descubrimientos teatrales adolescentes, le ofreció una oportunidad que no desaprovechó. Y, doce años después, ahí sigue. La semana pasada, la Diputación, propietaria del edificio, le renovó por cuatro años más la concesión, en unos momentos aun complicados para un sector muy golpeado por la pandemia.
«El modelo de gestión cultural va a cambiar. Tendremos que ser más exigentes», reconoce Cornejo, que ha sufrido durante el último año las limitaciones e incertidumbres de unas normativas cambiantes y que limitaban sobremanera la posibilidad de obtener rentabilidad. «No tengo el Zorrilla por dinero, pero no se puede estar perdiendo constantemente», reconoce el empresario vallisoletano, que se ha enfrentado a una auténtica carrera de obstáculos desde que el Covid llegó a nuestras vidas. «Me han cerrado el teatro, me han limitado el aforo al 33%, luego al 50%. Hoy tenemos el 75%, pero sigue sin ser el 100% y el tipo de espectáculos que traigo para ferias, por ejemplo, exigen llenar», explica. Y es que, en un teatro que, de por sí, tiene una moderada capacidad -450 localidades, incluidos los palcos y las plateas- cualquier limitación de aforo es una tragedia.
También es un drama para las compañías que acuden 'a taquilla', que ven reducidas sus expectativas económicas, incluso en el caso de que logren 'llenar'. «Hemos tenido que suspender más de 40 espectáculos que habíamos programado, por renuncia de las compañías, pero los hemos sustituido, y no se ha reducido la actividad», asegura. Y es que Cornejo no olvida que su contrato con la Diputación le obliga a programar cerca de mil acciones culturales cada cuatro años. Y el empresario es de los que cumplen sus palabra incluso en las circunstancias más esquivas.
Los problemas han sido abundantes. Al comienzo de la pandemia, cuando se decretó el cierre de los teatros, perdió una importante cantidad de dinero que había adelantado para un conjunto de actuaciones de ópera que no pudo ofrecer. Y hace poco se vio frustrado su propósito homenajear a los ancianos de las residencias de la provincia, pues instrucciones sanitarias de última hora impidieron que pudieran salir de sus centros. «Al final, como tenía que pagar el espectáculo sí o sí dimos el espectáculo para 30 personas amigas», explica con resignación, pero sin espíritu de derrota.
Con todo, en esta ocasión estuvo a punto de no presentarse a la renovación de la concesión del teatro. «Esta vez dudé, y lo expresé públicamente. Pero mi equipo me animó, y me alegro. Para mí el teatro es una forma de servir a mi ciudad. Yo quiero a Valladolid porque vengo de aquí y mi intención es regresar. Pero no sólo para pasear, sino para trabajar», explica Enrique Cornejo.
El empresario teatral está convencido de que su trabajo en el Zorrilla ha tenido una repercusión positiva. «He contribuido a dinamizar la vida cultural vallisoletana, que ha llegado a tener hasta siete espacios escénicos funcionando regularmente, lo que es algo insólito en una ciudad del tamaño de Valladolid».
En los últimos doce años han pasado por el Zorrilla más de 600.000 espectadores y se han organizado más de 3.000 acciones culturales distintas, con oferta de todos los tipos y estilos. «No hay un género teatral o artístico que no se haya tocado, ni un público que no se haya atendido». Un volumen de actividad muy alto, y gestionado «con profesionalidad» gracias al cual «hemos logrado posicionar a este teatro como un espacio apetecible para programadores, productores y compañías».
«He cumplido todos mis proyectos, pero mi mayor éxito es haber logrado que el público se identifique con el teatro», asegura Cornejo. «Y mi mayor satisfacción es que, gracias al Teatro Zorrilla, me he reencontrado con mi ciudad, velando y conservando un espacio cultural que es importante para mí».
Durante estos años ha ido colocando placas de homenaje a las más grandes figuras del teatro nacional y local en las butacas de la sala principal. «He colocado cientos», asegura. «Creo que ya está casi completo el teatro».
Está convencido Cornejo de que hemos afrontado tres tipos de pandemia: primero fue la sanitaria, luego la económico «y ahora se ha incorporado la psíquica. Y ahí es donde nosotros podemos ofrecer una ayuda importante para recuperar la normalidad».
La pandemia ha cambiado ya muchas realidades. «Estamos ante un nuevo modelo de comportamiento social y un nuevo sistema de vida que influye en los gustos y en el consumo», opina. En el caso de la cultura se está viendo que la gente busca, sobre todo, diversión. «La sociedad no está para que se le recuerden otros dramas, aparte de los que ya hemos padecido y padecemos. El público quiere reír y emocionarse con ternura y creo que nuestra responsabilidad ahora es contribuir a sanar heridas. Yo voy a ofrecer evasión y diversión de calidad para todo tipo de público».
Y es que, a juicio del empresario teatral, «nos hemos ido apartando de lo sencillo, de lo que envuelve cotidianamente nuestras vidas, y eso lo hemos sustituido por afanes de transformación de la sociedad». Es hora de volver a casa.
Pese a su ya larga experiencia, el empresario vallisoletano no para de concebir nuevas ideas. «Vamos a organizar clases para escolares sobre materias como el doblaje, pero también actividades en torno a la historia de trajes que han marcado un hito en el teatro o el cine. Estoy lleno de proyectos». Uno de esos proyectos, la recuperación del teatro Lope de Vega, se frustró, porque el Ayuntamiento se le adelantó, adquiriendo el inmueble mediante una permuta. Pero Cornejo no pierde ocasión de ofrecerse a colaborar en lo que sea posible.
Enrique Cornejo conoció al recientemente fallecido arquitecto Roberto Valle con motivo de la rehabilitación que realizó del Teatro Zorrilla y trabó con él una buena amistad. Hasta el punto de que, años después, cuando pensó en adquirir el teatro Lope de Vega para dotarlo de actividad, fue en Valle en quien pensó para concebir la intervención arquitectónica que lo haría posible.
«Le apasionó la idea de recuperar el Lope de Vega. De hecho, estaba trabajando en ello cuando nos enteramos de que el Ayuntamiento se nos había», recuerda el empresario. «Estaba encantado y me decía que tenía planos que le iban a ayudar».
«Seguí con mucho interés la recuperación del Teatro Zorrilla porque era el teatro de mi generación y allí vi películas y representaciones durante mis primeros años en Valladolid», recuerda. «Me pareció que Valle había hecho un gran trabajo respetando lo esencial del estilo y de la ornamentación, e incorporando dotaciones de teatro moderno. Y a raíz de conocernos nació una buena amistad entre los dos».
De hecho, Cornejo recuerda que Valle siempre ensalzaba el cuidado del empresario por el mantenimiento del edificio. «Siempre me ponía como ejemplo. Pero es que yo siempre he entendido que un teatro, máxime uno como el Zorrilla, es una pieza de historia que te dejan durante un tiempo y que tu obligación primera es conservarlo y devolverlo como lo recibiste».
«Cada vez que yo quería hacer algún cambio en el teatro, le consultaba», añade el empresario. Y pone como ejemplo la decoración del hall principal con carteles de los espectáculos ofrecidos. «Le expliqué lo que pretendía y me dijo cómo debía hacerlo para no dañar el panelado».
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