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Nunca ha dibujado, se siente incapaz, sin embargo vive de ser 'ojeadora' de dibujantes. Sandra López fundó hace dos décadas la primera agencia de ilustradores ... de España, Pencil, porque detectó una necesidad que nadie cubría. Lo tenía en casa, un padre ilustrador y tímido. Sus estudios de Derecho le sirvieron para «leer contratos» y sus ganas de tener un proyecto propio le llevaron a convertirse en una suerte de intermediaria entre los artistas gráficos y un mercado en creciente demanda.
«No existía ninguna en España y vi que había trabajo: mover la ilustración, hacer contratos, preparar portafolios, todas las tareas que atañen al dibujante al margen de lo puramente artístico», recuerda Sandra. «La gran dificultad era no tener un referente. Así que compré por el 'amazon' de entonces dos libros sobre 'El negocio de la ilustración' y 'Contratos de ilustradores'».
Empezó con sus conocidos, su progenitor, Felipe López Salán, Raúl Allén y Jesús Aguado. «Con el tiempo me di cuenta de que lo que mejor se me da, quizá porque ellos están muy pegados a su obra y no tienen la distancia necesaria, era saber qué podía interesar a terceros. Y escuchar a las agencias de publicidad, a los editores, ellos me dicen lo que buscan y yo muestro lo que puede cuadrarles, esa es mi tarea».
Vivió desde pequeña el mundo de los libros a través de su padre y la editorial Miñón. «La agencia nació con vocación editorial pero después surgió un trabajo muy interesante con las instituciones; con la Junta, con el Ministerio de Interior, con el de Medio Ambiente. Las administraciones públicas vieron en la ilustración un medio interesante para exponer sus ideas. Para nosotros también fue bueno salir del dibujo infantil. Antes los libros ilustrados se acababan cuando eras adulto, ahora es al revés, los libros de adultos tienen un valor añadido si están iluminados. La ilustración ha conquistado muchos más ámbitos».
Y son tantos y tan variados –desde las portadas de libros y discos, la cartelería, mensajes publicitarios, artículos periodísticos, camisetas, monopatines,...– que Sandra le ha buscado explicación. «Es un arte cercano, un guiño al yo infantil. La ilustración nos acompaña toda la vida, supone recordar la infancia. Hicimos un calendario para Servicios Sociales durante diez años y esas láminas te las encontrabas en cualquier sitio enmarcadas, la gente las había hecho suyas».
Siempre se planteó la agencia a tamaño asumible por la plantilla, dos o tres personas. «Podemos atender como queremos un catálogo entre 30 y 40 ilustradores. Unos vienen, otros se van, pero esa es la media». Hace 20 años los ilustradores ni aparecían citados en la portada de los libros. Hoy «son reconocidos y tratados profesionalmente. Mientras que es poco común que el escritor pueda vivir de su pluma, el ilustrador sí, es un trabajo exclusivo, y se le pagan adelantos».
Por su catálogo han pasado varios Premios Nacionales de Ilustración –Elena Odriozola, Noemí Villamuza...–, laureados en Bolonia como el mexicano Gabriel Pacheco, reconocidos por el público como Iban Barrenetxea o David de las Heras y carreras en su despertar como la de la colombiana Catalina Vásquez o triunfantes como el mexicano David Álvarez. «Para mí es un orgullo ser el hilo conductor entre artistas tan diferentes. Es como si hubiera un sello Pencil reconocible en esta gran diversidad de propuestas».
Convencida de que la «mirada se educa» no le interesa tanto la trayectoria como «el potencial de un ilustrador. Antes ni siquiera hacía una entrevista personal, al comienzo, ahora sí. Si no hay flechazo, no trabajo con ese ilustrador. No puedo presentar algo en lo que no creo, algo de lo que no esté enamorada. Nunca me gustó el estilo de agencia publicitaria de repetir la tendencia de moda. Prefiero anticiparme, sorprender, dar a conocer el trabajo de alguien».
En su labor de intermediaria, el otro punto fuerte es la creación de un portafolio que muestre lo mejor del artista, «resumir en unos cuantos dibujos su mejor perfil ante la mirada de un tercero. Elegir, montar y presentar su obra, ahí somos buenos».
A veces son tan conocidos que el cliente le pide una determinada firma. «Hay ilustradores que tiene un flujo constante de trabajo, otros no lo consiguen. No sé cual es la clave. Veo gente con un nivel artístico muy alto, pero que no logran, y otros de un nivel menor que, sin embargo, dan respuesta al cliente, lo que multiplica su proyección. Mi consejo a los nuevos es siempre aceptar todos los retos porque de ahí saldrán nuevas oportunidades». En cualquier librería late hoy Pencil a través de la colección que celebra los 50 años de Anagrama, en el Gaudí del libro de Xavier Güell, en la baraja ilustrada para Fournier.
El mercado natural parecía la literatura infantil, pero se entornó la puerta de los adultos. Anaya Infantil y Nórdica son dos editoriales exponentes de ambos nichos. Ambas constatan que es más habitual la agencia de escritores que lleva ilustradores que el caso de Pencil. Pablo Cruz, de Anaya, confirma que trabajan tanto con agencia como con ilustradores directamente.
«A veces nos interesa un ilustrador concreto, y otras, les pedimos consejo sobre qué ilustrador de su portafolio podría encajar en un determinado proyecto. La agencia hace una buena labor de selección y nos la da a conocer. En algunos casos, si no fuera por la agencia, no habríamos dado con ellos», cuenta el editor. Para Diego Moreno, director de Nórdica, la relación conPencil es fundamental. «Es un caso empresarial que cito en las clases de máster que doy, una referencia muy útil. Hay muchas variedades de relación: a veces elegimos un ilustrador relacionado con ellos, otras veces Sandra me presenta ilustradores de su catálogo, en ocasiones le pido algo concreto». Moreno destaca que la agencia es «una figura poco conocida en España. Se lo recomiendo a los ilustradores, la agencia es quien busca el trabajo porque de otra manera no llegan al editor. Hay mucha competencia. Sandra hace una selección. Como editor, este primer filtro es muy útil. Recibo cincuenta correos semanales de ilustradores y no puedo dedicarles tiempo».
Entre los miembros del selecto catálogo Pencil permanece desde su inicio Rubén Allén, demandado portadista en el mercado editorial estadounidense, además de ilustrador de la extensa y exquisita producción. «Mi carrera hubiera sido muy distinta sin ellos. Juntos hemos recorrido caminos increíbles y abierto la puerta a posibilidades que yo no me hubiera planteado nunca, desde trabajos institucionales a charlas, talleres y exposiciones. Una agencia también sujeta las puertas cuando las inclemencias intentan arrancarlas de cuajo y ayuda en cada paso del camino. Es un apoyo en muchos sentidos en una profesión que en España en demasiadas ocasiones es todavía algo precaria».
Cinta Arribas se incorporó en 2015 y también destaca las oportunidades. «Llego a sitios a los que como ilustradora 'freelance' no tendría acceso. He dirigido talleres y he viajado a sitios como Nueva Delhi, donde estuve en 2018 en el Bookaroo Festival, gracias a ellos. La agencia da visibilidad a tu trabajo y te acerca a nuevos clientes, es una gran ayuda cuando recibes un encargo y tienes que hacer un presupuesto». Pencil trabaja también en Hispanoamérica.
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