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Remaches con más escoria de la debida es la explicación que da la física a que el roce con un iceberg provocara el hundimiento del Titanic cuatro días después de partir de Southampton el 10 de abril de 1912. El trasatlántico de pasajeros más grande, el buque más lujoso, se hundió en el Atlántico Norte dejando tras de sí un reguero de historias que han fascinado, entre otros, a Jesús Ferreiro, comisario de 'Titanic. The reconstruction', que desde hoy y hasta el 27 de junio está varada en el Museo de la Ciencia de Valladolid.
Una maqueta a escala 1:30 del barco permite ver las estancias del barco, la separación por clases, las hélices, los motores, el puente de mando o el puesto de vigía desde el que Murdoch organizó una maniobra casi perfecta para librar lo que él venía como un buque, y no era otra cosa que el reflejo de las luces del Titanic en un iceberg. «No chocó con el iceberg, sino que rozó», subraya Ferreira, hijo y nieto de marineros. «La chapa era gruesa, de 25 centímetros, no rompió por ahí. Fueron los remaches y acabó provocando la falla en el doblez que une proa y popa». El golpe fue tan suave que nadie se dio cuenta dentro, «algunos supervivientes hablan de un leve temblor, ni siquiera lo sintieron en el puente de mando. Precisamente por eso muchos de los primeros botes salvavidas fueron llenados a medias, la gente no quería subir, no entendían qué pasaba y bajar a 50 metros al agua parecía un riesgo innecesario», aclara Ferreira, presidente de la Fundación Titanic.
Faltaron botes salvavidas aunque en realidad «cumplía con la ley, entonces se atendía al tonelaje, no al número de pasajeros. A partir de este hundimiento se cambió la ley». También cambió el sistema de comunicaciones, los equipos de radio pasaron de 10 a 24 horas de trabajo. Las bengalas, antaño casi fuegos artificiales, debían ser rojas y soltar humo. Comenzó la obligatoriedad de hacer simulacros de evacuación antes de zarpar y la señalización pasó a estar en varios idiomas.
Si la atracción fotográfica la ejerce la maqueta, la narración de los hechos está acompañada por la historia de sus armadores, –J. B. Ismay estaba en el barco, cedió su sitio en los botes y finalmente se salvó–, de su orquesta, de su menaje, muebles, y sobre todo de sus supervivientes. «Esta exposición se ha montado al revés de lo habitual. No es una colección de fetiches, sino que en mi programa de radio 'Onda pesquera', cada año entrevistaba a alguno. Millvina Dean, la pasajera más joven pues era un bebé, no conoció el naufragio hasta sus ocho años y decía que su madre no le habló hasta entonces pero después no paró. Todos esos testimonios los integro en una historia que se cuenta en un audioguía y los visitantes va poniendo imágenes a la información que recibe. Muchos me dicen al final que es difícil contener las lágrimas», dice Ferreiro.
Exposición itinerante desde 2012, en cada 'puerto' hay una botadura simbólica. En Valladolid fue a cargo del alcalde Óscar Puente, alcalde, que tuvo que golpear tres veces la botella –un vino de Rueda– para que estallase.
A partir de enero, la exposición contará con una programación a cargo del equipo que dirige Inés Rodríguez en la que se abordarán los aspectos científicos relacionados con el Titanic, desde la física hasta la medicina, pasando por la meteorología o la química. En Navidad se ampliará el horario para facilitar la afluencia de visitantes.
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