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N. CABALLERO
Viernes, 21 de febrero 2014, 13:09
Hace un par de años parecía que la hostelería vallisoletana había sorteado la crisis mejor que cualquier otro sector. Sin embargo, cuando algunos creen ver los primeros rayos de sol, otros sufren la marejada hasta encallar. Eso es lo que le ha sucedido a un clásico de la restauración como es José y Alberto. La resaca también ha salpicado a otros bares y restaurantes como el Fortuna 25.
El restaurante José y Alberto aúna la cocina más clásica de los guisos y los productos de mercado, los vinos más apropiados y un servicio exquisito, en un espacio cómodo, agradable y sin estridencias. Nunca hay nada de más, pero tampoco nada de menos. Sin embargo, los elementos se han aliado contra el empresario hostelero y jefe de sala Alberto García que, desde hace tres años, intenta navegar sin su socio y cocinero, José Luis Vázquez, prejubilado por enfermedad.
La crisis económica y los cambios de hábitos han tocado, hasta hundirlo, un negocio de los de siempre, que parecía resguardado en buen puerto. Y esa transmutación de costumbres se ha dado contra una roca porque al restaurador no se le ha permitido hacer una reforma para abrir una pequeña barra con la que atraer a los pasajeros más itinerantes, que se decantan por el tapeo y el picoteo. Esos clientes que van a tomar un vinito o una caña y, después, se animan y se sientan, o no, pero que al día siguiente se acuerdan y vuelven a un clásico de Valladolid, de comida casera de verdad, de lubinas y de merluzas de anzuelo de verdad, de rabo de toro de verdad, de postres de verdad.
Han pasado 20 años desde que José y Alberto llegaron a la calle Comedias. Ambos procedían de esa escuela de hostelería que fue La Fragua, en la que trabajaron otros 22 años. «Me veo obligado a cerrar, desde hace años quería instalar una barra, pero no me lo han permitido», se lamentaba ayer Alberto García, para confirmar lo inevitable, que este sábado, después de las cenas, el barco suelta el ancla.
Por desgracia, no es el único barco sin rumbo. El martes de la semana pasada, Carlos Sanz cerraba la persiana del Fortuna 25, después de meses de luchar contra las fuertes mareas. Un restaurante conocido sobre todo por los menús desde sus inicios en la calle Santiago hasta su último asentamiento en la Pasión.
En los dos últimos años, han quedado por el camino otros bares y restaurantes, como la Taberna del Hidalgo, de la calle Paraíso; la Buena Moza, de Cascajares; El Fogón de la Rinconada (en este caso, por la rehabilitación del edificio); A Fuego Lento, de la calle Nuñez de Arce; Donde Carla, en la planta décima del Museo de la Ciencia; o el Consejero del Rey, en el Patio de las Tabas.
Reaperturas
Lo que es evidente es que el sector está tocado, pero no hundido, porque otros empresarios de hostelería han iniciado una nueva travesía. Los propietarios del Kalimera Grecia, de Leopoldo Cano, han abierto la Pulpería Albariño, en la calle Perú. Ángel Galván ha trasladado su Postal al local que ocupaba antes Prada a Tope, en la calle Francisco Zarandona. En esta última calle se mantiene La Garrocha, aunque Chisco Alonso se ha hecho cargo también del antiguo local del Huevo de Rey, en Zúñiga. Los hermanos González inauguraron hace un año la Taberna Japonesa Wabi-Sabi en el antiguo local del Mil Vinos. Rubén Gómez reabrió el Camarín. El Huevo de la calle Paraíso es hoy día Quintos y Tapas. El Huevo se ha instalado en la antigua Viña, en Ferrari. El antiguo New Orleans, de Cánovas del Castillo, es hoy Lolita. El Portón de la Antigua, del fallecido Fernando Pérez, se ha reabierto hace 20 días como El Portón, a secas. Uno de los últimos negocios nuevos abiertos en Valladolid ha sido el NYC Hells, en el antiguo local de los billares de la catedral.
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