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IÑAKI ESTEBAN
Viernes, 26 de diciembre 2008, 02:20
El de Joan Miró fue un carácter tenaz y libre, disciplinado en su trabajo diario y abierto a que todas las experiencias entraran y respirasen en su obra. Es el artista español más internacional del siglo XX, junto a Picasso y Dalí, y logró que sus formas, surgidas de las alucinaciones, de las manchas del techo en su estudio de París y de su gusto por la expresividad soñadora de los niños, sean reconocidas en el mundo con un solo golpe de ojo.
Nació en Barcelona en 1893 y murió en Palma de Mallorca el 25 de diciembre de 1983, ayer hizo 25 años. Entremedias, Miró se acercó a los dadaístas y al surrealismo, quiso «asesinar» la pintura porque la consideraba burguesa y se las vio muy justas para sobrevivir, hasta que la primera retrospectiva en el Museum of Modern Art (Moma) de Nueva York, en 1941, le puso en el punto de mira de los coleccionistas norteamericanos y empezó a cotizar alto.
El museo neoyorquino fue uno de sus principales trampolines a lo largo de toda su carrera, y ahora, para conmemorar el 25 aniversario de su muerte, ha organizado una exposición sobre una década, la que va de 1927 a 1937, con obra muy dispar e inquietante, producto de unos tiempos turbulentos que para él derivaron en la Guerra Civil.
Hijo de una familia de herreros, por el lado paterno, y de joyeros por la parte materna, el adolescente Miró empezó sus estudios de Comercio, la profesión que le habían reservado sus padres. Pero al mismo tiempo también acudía a la escuela de Bellas Artes de La Lonja de Barcelona. Empezó a trabajar en un oficina y sufrió una crisis nerviosa, lo que le sirvió de excusa para dedicarse a su auténtica vocación.
El pintor barcelonés Francesc Gali, su primer maestro, le puso en contacto con las vanguardias, y el marchante José Dalmau organizó su primera exposición en la capital catalana en 1918, cuando el pintor tenía 21 años.
Como todo creador con ambiciones en aquella época, Miró soñaba con París. Durante varios inviernos, el escultor Pablo Gargallo le prestó su estudio parisino en el número 45 de la calle Blomet. Allí empezó a usar sus primeras técnicas de inspiración, entre ellas la de pasar hambre. «Me iba a la cama, la mayoría de las veces sin cenar, veía cosas, formas en el techo, y las dibujaba en un cuaderno», recordaba en una entrevista. Una de sus pinturas más famosas, 'El carnaval del arlequín' (1924-1925), una muestra ya muy redonda del mundo mironiano (con un guiño hacia El Bosco y la pintura holandesa), nació de esas circunstancias.
Surrealista y político
En la misma calle, en el número 33, tenía sus mesas y sillas el café Bal Noir, en el que conspiraban influyentes y revoltosos surrealistas como André Masson, Robert Desnos y Antonin Artaud. Miró se unió a ellos, que le presentaron a su jefe de filas, André Breton.
La relación de Miró con el surrealismo fue a un tiempo necesaria y distante. Sin su estética, sin la voluntad de hurgar en el inconsciente, su trayectoria habría sido muy distinta y quizá no tan fructífera. El creador catalán también aceptó el credo antiburgués propagado por sus amigos, criticó el cubismo y a su amigo Picasso por pintar cuadros para salones y observó los museos con muchas reticencias, ya que su solemnidad mataba, a su juicio, la viveza de las obras.
Como los surrealistas, él quiso unir arte y vida -la gran utopía artística del siglo XX-, y quizá por ello no se avino a militar en ningún movimiento estético. Al fin y al cabo, el grupo de Breton publicaba manifiestos con los que había que comulgar y propugnaba líneas políticas que había que seguir. Nada de esto iba con el carácter de Miró.
No obstante, el creador tuvo un claro perfil político, como muestran el conocido cartel de 'Aidez l'Espagne' (ayudad a España) en favor de la República y su participación en el Pabellón Español de la Exposición Universal de París de 1937, con el cuadro 'Els segadors' (hoy perdido) al lado del 'Guernica' de Picasso.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1940 le llevó a refugiarse en un pequeño pueblo de Normandía, Varengeville, donde nació una de sus series más conocidas, las 'Constelaciones'. Lunas, estrellas y peces, con los vivos colores característicos de Miró -más el blanco y el negro- se plasman en estas obras en las que recupera su gran capacidad para la observación y el deleite de la naturaleza.
En 1941, el mismo año en que se celebra la retrospectiva sobre su obra, el pintor regresa a España junto a su mujer Pilar Juncosa, con quien se había casado en 1929, y con su hija Dolors, nacida en 1931. Miró siempre rehusó arrimarse al régimen aunque Franco, intrigado por su fama internacional, le invitó a El Pardo, una invitación que rechazó alegando una 'repentina' fiebre.
Nunca dejó de evolucionar. Fue un consumado creador de grabados, un sorprendente escultor, hizo el mural de cerámica para la Unesco en 1957 y un gran tapiz para la segunda de las Torres Gemelas, que se quemó en el ataque de Al-Qaeda del 11-S. Su obra y su memoria se guardan hoy en la Fundación Miró de Barcelona, situada en Montjuic, y en la casa que le construyó Sert en Mallorca, convertida en museo. El Artium de Vitoria posee un gran mural de cerámica de Miró y el Museo de Bellas Artes de Bilbao tiene en depósito el cuadro, 'Cabeza, pájaro'. En la colección Guggenheim de Nueva York hay ocho lienzos del artista, representativos de todas sus épocas y fechados entre 1917 y 1953.
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