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Víctor Vela
Viernes, 19 de febrero 2016, 19:15
Hay un rumor de pulseras cada vez que un rey de copas, que una sota de bastos, que el rey de oros cae en el tapete verde. «No apostamos dinero, pero sí que tenemos amor propio. No nos gusta perder, qué le vamos a hacer. Es como si en cada partida nos jugáramos la vida», dice Apolonia Robledo, Poli para las amigas y compañeras de naipes. Como si nos jugáramos la vida, asegura quien de vivir sabe lo suyo. Como si nos jugáramos... la vida, cuenta quien soplará 103 velas en su próximo cumpleaños.
Y a su lado, baraja Cándida Areños, que tiene 93. Reparte Gregoria Sánchez, que presume de 92. Pinta Carmen Lucas, que ha llegado a los 90. Arrastra Concepción Mier, la benjamina, que ha cumplido 86. Entre las cinco suman 463 años (si se lo restas a este 2016 es como si fuera el año 1553). Entrelas cinco componen una de las cuadrillas más veteranas de La Victoria. Todas las tardes todas se reúnen en el bar Chaplin, en la calle Fuente el Sol, para fichar en su brisca nuestra de cada día. Aunque llueva, como la semana pasada. Aunque muerda el frío, como esta. No fallan. «Mientras podamos...». Siempre en el mismo sitio, en esta mesa al ladito de la ventana para ver cómo se mueve el barrio, con un café en invierno («descafeinado», precisan);en verano el refresquillo que les sirve Javi, el propietario del bar.
De vez en cuando cae alguna pastilla para la tensión. Pero poco más. «Estamos estupendamente», dicen como si hubiera que ponerle palabras a lo obvio. Es verdad, están estupendamente. Con sus pañuelos, sus collares, estas pulseras que suenan cuando caen espadas y bastos. Sus tacones. «Hay que arreglarse, estar limpia y guapa, venir curiosa», explica Carmen. «Luego cada una tiene sus achaques, que si hoy me duele el pie, que si estoy más encogida... pero tampoco nos vamos a quejar». Sobre todo, aseguran, porque de la cabeza van bien. «Eso se nota mucho en la partida. En cuanto una hace un fallo, le damos el alto». No pasan ni media .Como debe ser. Hoy son cinco. Han fallado dos compañeras. «Habrán tenido visita: los hijos, los nietos». Todas viven en casa. En su casa. «No hay color. Mientras podamos valernos...».
Aunque hemos sido más, ¿eh?
Ya. ¿Las otras fallecieron?
¡Qué va! Las metieron en la residencia.
Yesas personas mayores que no salen de casa...
¡Qué pena!, ¿verdad? Hay que salir. No vas a estar todo el día en el sofá, medio dormida, con la tele de fondo. Hay que salir, quedar con las amigas, echar la parlada. Y la partida.
Poli nació hace casi 103 años en Rasueros (Ávila). Se vino con 14 a Valladolid. A servir. Acocinar. A preparar esa tortilla suflé con ron «que iba ardiendo a la mesa» y le salía de premio. Luego tuvo tienda de comestibles en la calle Fuente el Sol,«cuando el barrio eran casas bajas, prados y muchos comercios pequeños. De esos en los que se iba al apunte, cuando la gente venía y me decía: Señora Poli, mañana se lo pago».
Carmen vivió su juventud en San Nicolás hasta que formó familia al otro lado del Pisuerga. Cándida se vino de Abastas, en Palencia, y se jubiló como profesora en el Gonzalo de Córdoba, el cole de La Victoria. Y aquí en el barrio conocieron a Concepción y Gregoria, compañeras de esta brisca centenaria que cada tarde le hace un corte de mangas al destino. «De jóvenes nos decían que los bares no eran para mujeres y ahora míranos», cuentan entre risas, para rematar con un clásico de los reportajes con veteranas de salud envidiable.
¿Y cuál es el truco para llegar tan bien a su edad?
Ser buena persona. Y vivir al día. Nunca seremos más chicas que hoy.
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