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Aspecto actual de las antiguas oficinas de la cárcel de cocheras
El infierno del Paseo de Filipinos

El infierno del Paseo de Filipinos

Por las cocheras de los tranvías, convertidas en prisión al poco de estallar la guerra civil, llegaron a pasar cerca de 5.000 presos gubernativos que sufrieron todo tipo de crueldades y vejaciones; muchos fueron asesinados

Enrique Berzal

Jueves, 18 de febrero 2016, 21:00

Cuando el pasado 19 de enero el catedrático Tomás García Caballero llegó desde Santiago de Compostela para participar en un tribunal de tesis doctoral en la Facultad de Medicina, lo primero que hizo después del acto académico fue visitar el inconfundible edificio de ladrillo que se encuentra en el Paseo de los Filipinos, justo al lado del antiguo Hospital Militar. No buscaba nada relacionado con la tesis ni un lugar de recreo ocasional, buscaba plantarse sobre la huella más hiriente de su pasado familiar. Porque allí, detrás de una puerta verde flanqueada por dos placas con referencias a instalaciones militares, había estado recluido 14 interminables meses su abuelo, el que fuera médico de San Miguel del Arroyo, Modesto García Nóvoa, acusado de delitos que nunca había cometido.

En efecto, desde el 25 de julio de 1936 hasta el 30 de septiembre de 1937, García Nóvoa había sufrido aquel infierno que fueron las Cocheras de los Tranvías, lugar de reclusión por orden gubernativa para miles de vallisoletanos que, supuestamente, habían opuesto resistencia a la sublevación militar contra la República. Formado por dos amplias naves dispuestas en torno a un patio central, el edificio de Cocheras fue testigo no ya de la desesperación y la angustia de miles de presos políticos, sino también, y sobre todo, de hasta dónde puede llegar la crueldad del ser humano. Los más inimaginables maltratos, la humillación más hiriente, los asesinatos en masa Todo eso y mucho más aconteció durante casi cuatro años en el amplio inmueble que hasta 1933 había servido para albergar a los tranvías vallisoletanos, en desuso desde esa fecha.

Referente indiscutible de la memoria de la guerra civil y la represión en la ciudad, la cárcel de Cocheras es, sin embargo, una gran desconocida para buena parte de los vallisoletanos de nuestros días. Así pudo comprobarlo el mismo Tomás García Caballero aquella tarde del 19 de enero: «Pregunté a más de diez personas mayores si sabían si aquello habían sido las Cocheras de los Tranvías, que en la guerra civil sirvieron como campo de concentración, y nadie recordaba nada, o al menos eso me dijeron (). Entré en el edificio, en cuya puerta figuran dos placas que ponen: Cuartel del Arco y Diaper-Ejército de Tierra y le pregunté a la señora que estaba en la recepción si aquello habían sido las cocheras durante la guerra civil, y su contestación, entre molesta y sarcástica, fue: De eso señor hace mucho tiempo y no puedo ayudarle».

La realidad es que aquel amplio espacio destinado a guardar y reparar los viejos tranvías vallisoletanos, que hoy ha quedado reducido a las oficinas de un club militar, había sido reconvertido en cárcel por las autoridades golpistas a causa de la saturación de los edificios destinados a presidio: las dos cárceles, vieja (Chancillería) y nueva (calle Amor de Dios), el antiguo matadero y el viejo campo de fútbol. En funcionamiento como lugar de reclusión hasta el otoño de 1940, se repartía en dos naves y un patio central poblados de presos gubernativos sometidos a proceso judicial; casi todos habían sido detenidos por falangistas o miembros del Ejército. Y su situación era especialmente penosa.

En primer lugar, por el hacinamiento: diversos estudios han calculado que la nave pequeña llegó a albergar a 1.600 detenidos y la grande, a cerca de 3.000. En abril de 1937, por ejemplo, eran 1.438 los confinados en este recinto; y en julio de 1939, ya finalizada la guerra, más de 500, según datos publicados en El Norte de Castilla. En total, por Cocheras pasarían más de 5.000 detenidos.

Higiene lamentable

Amontonados en un espacio cada vez más reducido, los presos no sólo debían dormir en el suelo, sobre una manta y apretujados, sino que se veían obligados a soportar condiciones higiénicas lamentables: orinar en zanjas de siete metros, usar como retrete un hoyo de dos metros de diámetro y otro algo más profundo (más adelante, a causa de la proliferación de epidemias como el tifus, construirán uno nuevo), lavarse con una manguera colocada en el patio La alimentación, del todo insuficiente, solía consistir en agua caliente con algunos garbanzos, alubias y longaniza de sebo.

De ahí que las epidemias fueran frecuentes: por ejemplo, la de fiebre tifoidea, registrada en octubre de 1936, obligó a tomar precauciones a las autoridades; algunos reclusos fallecieron y otros fueron trasladados a los pabellones situados en el Prado de la Magdalena para ser tratados.

Todo este cúmulo de penalidades obligaba a los reclusos a agudizar aún más el ingenio, sobre todo en invierno y al caer la noche. Como dejó escrito César de la Torre, uno de los presos en cocheras cuyo testimonio se recuperó en el libro Guerra civil y represión en Zaratán, además de dormir con toda la ropa disponible, los más avezados lo hacían en el foso que para la reparación de tranvías existía en la nave más grande, a salvo de los rigores del frío, cuando no construían una suerte de refugio a base de cartones, latas y otros elementos en desuso.

Y como ni siquiera las circunstancias de penuria son iguales para todos, también en este terreno llegó a haber distinciones, al menos en un primer momento: mientras los detenidos de los pueblos sufrían una situación de total abandono, quienes procedían del entorno urbano solían beneficiarse de visitas que, en ocasiones, les llevaban ropa, comida y, de manera excepcional, colchones. Además, hasta el 24 de febrero de 1937 los detenidos en Cocheras pudieron contar con un economato establecido para negocio de los funcionarios del Cuerpo de Prisiones, que permitía la entrega de 5 pesetas para adquirir alimentos.

Lo peor es que todo acontecía en una atmósfera de verdadero pánico y terror, debido tanto a la ausencia de información sobre los detenidos como, sobre todo, a las entradas y salidas constantes, sin control alguno, de falangistas, presos y personal militar. La arbitrariedad, en fin, prevalecía en Cocheras, lo que daba pie, entre otras terribles circunstancias, a vejaciones inimaginables, sacas incontroladas casi siempre de madrugada- e incluso asesinatos a sangre fría: «Lo más angustioso era la entrada por la noche de grupos de falangistas para hacer las ruedas para las sacas. Un día vinieron a por Julio [García Calleja, alias El Bacalao, militante de la CNT vallisoletana], pero traían el orden de los apellidos cambiados, por lo que no se lo pudieron llevar en esa ocasión, aunque el que mandaba el piquete prometió volver con los nombres correctos. Días después vinieron a por él y otros quince, que fueron fusilados en San Isidro», recordaba Leopoldo García Ortega en el libro Memoria viva.

«Una noche llegaron los falangistas para cometer una saca de presos», apunta Tomás García Caballero, y llamaron a Herminio García, que dormía junto a mi abuelo. Este le dijo que se hiciera el dormido. Así que lo llamaron tres veces y no contestó. Se acercó un falangista y dijo: Bueno, a este ya lo sacaremos otro día. Al final no lo sacaron y quedó en libertad. Nosotros siempre lo llamamos tío Herminio. He visto a un falangista orinar en la perola del rancho, y a otro cortar la oeja a un detenido, entre ellos rivalizaban por ver quién nos hacía más daño, hasta que se iban llevando a la gente para fusilarlos en San Isidro o los Pajarillos», declaraba Leopoldo García Ortega a este periódico en diciembre de 2006.

Algunas de las sacas se efectuaban en respuesta a un acto bélico del bando republicano, sobre todo después de un bombardeo: «Coincidiendo con la derrota italiana Guadalajara, una mañana un avión de los nuestros bombardeó Valladolid. Fue únicamente un simulacro de ataque aéreo, () pero hubo un muerto, junto a la Academia de Caballería. Y los grupos de acción terrorista decidieron dar un escarmiento a los rojos por su atrevimiento. Uno de estos grupos se presentó en Cocheras con una camioneta, y con un escrito, siempre de origen incierto (...). El documento indicaba indefectiblemente que eran libertados y se les llevaba, en el coche a sus domicilios. Era el proceder habitual, bautizado como el paseo», escribió J.M. Quemada en el libro Luis Q., cirujano de guerra.

Algunas de las escenas más desgarradoras se vivían cuando algunas mujeres se acercaban a las puertas de Cocheras para llevar comida a sus familiares y el guardia de turno, con aire socarrón, les espetaba: «Llévese esto que ya no lo necesita». Era la señal inequívoca de que su marido, o su hijo, o su hermano, había sido asesinado. De ahí que fueran frecuentes, sobre todo en los primeros meses de la guerra, las imágenes de mujeres abrazadas y llorando desconsoladas frente a la puerta.

Otra sádica costumbre de los falangistas consistía en «hacer la rueda»: «Llamaban así a hacernos dar vueltas delante de una ventana, y el que estaba desde allí mirando, elegía 'el de la camisa azul', 'el del pantalón negro', y a esos era a los que se llevaban», recuerda García Ortega, quien también fue testigo de cómo los guardias municipales que actuaban como carceleros se sumaban a la barbarie: además de humillar a los presos que vestían traje obligándoles a cavar letrinas en el centro del patrio, maltrataban a porrazos a los detenidos y confinaban en un vagón central a los considerados «presos especiales»: «Uno de los oficiales se llamaba Eleuterio, que no nos incordiaba demasiado, pero el otro, apellidado García Pérez, era adicto a la morfina y era un ser envilecido, con una sola voluntad: hacer sufrir a los presos de la manera más sangrante y ofensiva, llegando a utilizar un látigo de los llamados de pijo de toro, con el que nos fustigaba. Nunca podré olvidar la terrible paliza que él personalmente dio a Nemesio Alonso».

La fuga

A veces, aunque de manera excepcional, la situación de arbitrariedad y descontrol que imperaba en Cocheras facilitaba fugas como la protagonizada el 12 de marzo de 1937 por Jesús García Rodríguez, recogida por Jesús María Palomares en La guerra civil en la ciudad de Valladolid». Este hecho motivó la petición al Ayuntamiento, por parte del director de la cárcel, de «una garita o quiosco en la pared que permita una mayor vigilancia de los reclusos», con objeto de reforzar la vigilancia y evitar otra posible evasión; el alcalde ordenó el inicio de las obras y escribió a la Diputación Provincial para que contribuyese con el 50% de los gastos, según documentación del Archivo Municipal.

Claro que la fuga no quedó sin represalia: los carceleros obligaron a los presos de ambas naves a formar las 24 horas, «cayendo algunos desmayados y recuperados a base de latigazos y porrazos», recuerda Leopoldo García Ortega.

Pero los castigos no eran motivo suficiente para amedrentar a los más valientes. Así se explica el plan de evasión diseñado desde el exterior, a principios de 1937, por Eugenio García Ortega, socialista partidario de Besteiro que cumplía servicio militar en el Parque de Artillería, hermano del citado Leopoldo. Afectaba a todas las cárceles de la capital vallisoletana y estaba preparado para ejecutarse el 20 de febrero. Sin embargo, cuando se disponía a llevar a Cocheras un camión con fusiles para posibilitar la fuga, un chivatazo dio al traste con todo. Juzgado en Consejo de Guerra sumarísimo, lo fusilaron junto a otras 15 personas el 24 de febrero de 1937. Tenía 20 años.

El falangista que se enfrentó al verdugo

El 8 de agosto de 1985, El Norte de Castilla publicó una curiosa carta al director. La firmaba Eugenio García Volpini, que durante la guerra había combatido en el bando sublevado como legionario. Estaba en Valladolid cuando en marzo de 1937, un avión republicano bombardeó la ciudad: «Seguidamente los emboscados y muy patriotas elementos empezaron a decir: A Cocheras a por los presos. Sin darme cuenta exacta de la heroicidad de esos salvajes, me subí a un banco de madera del Paseo de Recoletos, entonces Avenida del Generalísimo, y con lenguaje apropiado les apostrofé como merecían. Resultado: que me dieron una formidable paliza e intentaron arrastrarme al Campo Grande. De repente apareció un teniente coronel con gorra de Requeté, al que me identifiqué porque para evitar tanto saludo, iba de paisano. Te felicito como español y como cristiano () Seguidamente me llevaron a la Casa de Socorro donde me curaron».

Lo más impactante ocurrió después, nada más terminar la contienda, cuando Volpini, conocido personaje que trabajaba en la Droguería Sapela, fue arrestado por la Guardia Civil y conducido preso a Cocheras. Los republicanos allí confinados no tardaron en enterarse de su presencia. Ya se temía lo peor cuando, asombrado, le obsequiaron con un impagable gesto de gratitud: «Mi ingreso es de suponer. Se corre el rumor del ingreso de un legionario y el recibimiento resulta frío a pesar del calor reinante. Resulta la cosa poco amistosa, natural y comprensible. Un inquilino de ese antro se acerca a mí y me pregunta si yo era Sapela. Le dije que sí, que era mi quinto apellido. Seguidamente cambia el panorama y me dice que no iba a dormir en el suelo, brindándome un lugar preferido que ocupaban los veteranos que no habían sido paseados. Ese lugar era un viejo y desvencijado tranvía que en tiempo debió ser amarillo».

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