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Pedro Casablanc, en la sala Ex.Presa de La Cárcel. :: ANTONIO TANARRO
Enorme Casablanc
CRÍTICA DE TEATRO

Enorme Casablanc

ALFONSO ARRIBAS

Lunes, 24 de octubre 2011, 02:54

La segunda cita del Puro Teatro en La Cárcel de Segovia prometía sacudidas emocionales con su invitación a la reflexión sobre la legitimidad de la tortura en situaciones excepcionales. No es un trago cómodo, desde luego, porque no hay nada más reconfortante que creerse en posesión de valores inquebrantables, y que alguien nos enseñe las grietas resulta muy fastidioso.

Sin embargo, lo que verdaderamente sacude en 'José K. Torturado' no es tanto su planteamiento como su ejecución. Sabemos que la democracia tiene alcantarillas, que el primer mundo somete al tercero, que el sistema judicial se aplica en ocasiones en cuartos oscuros. Lo conocemos, lo tragamos y consentimos al poner en una balanza el bienestar de los nuestros y la ética de especie.

El autor, Javier Ortiz, plantea todas estas cuestiones de forma descarnada, hundiendo sus argumentos en presupuestos filosóficos y desarrollándolos con ejemplos reales y muy actuales, como el tráfico legal de armas, el apoyo ciego a dictadores sangrientos, los interrogatorios sin normas&hellip Encoge el alma, sí, pero aprendemos a convivir con ello.

Pero resulta que se ha llevado al teatro de una forma singular. Encerrado en una escueta cabina de metacrilato, un terrorista veterano protagoniza un monólogo al límite sobre todas esas cuestiones desde el punto de vista de quien decidió enfrentarse a esa moral resquebrajada pegando tiros y poniendo bombas.

Una cámara capta el primerísimo primer plano del asesino, que es proyectado en una pantalla en la parte superior del escenario. Está desnudo, esposado y de espaldas al público. La cabina se vuelve poco a poco traslúcida a causa de la transpiración del reo, incrementando la sensación de asfixia.

José K. ha sido torturado y lo cuenta a gritos. El espectador alterna la mirada a la pantalla y al interior de la cabina. Los ojos de un criminal y el cuerpo de un ser humano despojado. Ahí se certifica el debate, esto es lo que sacude. Inevitable recordar el cadáver de Gadafi expuesto sobre un colchón sucio en el suelo de una tétrica cámara frigorífica.

Quien se mete en la cabina es el actor Pedro Casablanc, a quien ya se puede describir como uno de los actores que ha llegado al límite de la exigencia. Este papel es brutal y se lo come. No es que resulte creíble su sufrimiento, es que sufre en escena. Se desgasta, suda, respira con dificultad, se le arrebata el pudor. Un ecce homo victimizado y cruel a la vez.

Su actuación es soberbia, y la experiencia teatral que proporciona su desgaste progresivo es de esas que no se olvidan y que siguen llevándonos al teatro por si tuviéramos la suerte de que se repita algo similar.

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