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IÑAKI ESTEBAN
Jueves, 30 de septiembre 2010, 03:05
Arthur Penn derrochó creatividad y espíritu innovador en cada cosa que hizo. En el medio televisivo renovó la filmación de las obras teatrales, obligando a los actores a que mirasen directamente a la cámara. Ese mismo consejo le dio a John F. Kennedy en su debate electoral de 1960 contra Richard M. Nixon. El futuro presidente le obedeció, lo mismo que a su consigna de que utilizara frases concisas y expresivas. La táctica dejó al descubierto la falta de telegenia de su oponente y cambió de raíz la comunicación política.
Pero, sobre todo, Penn fue el director de 'Bonnie & Clyde', una película sin prejuicios ante las escenas de sexo y violencia, que inspiró a toda una generación de cineastas en la que se encontraba el Martin Scorsese de 'Taxi Driver' y el Francis Ford Coppola de 'El padrino'.
Admirado por su hábil sentido de la acción y por haber conectado Hollywood con el cine más intelectualizado de la Nueva Ola francesa, Penn murió el martes a los 88 años, justo un día después de su aniversario. Había nacido en Filadelfia en una familia de procedencia rusa judía, con un padre relojero y una madre enfermera que se separaron cuando tenía tres años. Su hermano Irving, que murió hace un año, llegaría a ser uno de los grandes fotógrafos del siglo XX.
Cuando se licenció del Ejército, después de haber luchado en la Segunda Guerra Mundial, entró en el Black Mountain College, una pequeña universidad que reunió una cantidad descomunal de talento y en la que enseñaban clásicos de la vanguardia europea. Su siguiente escalón educativo estuvo en el Actor's Studio de Nueva York, escuela seguidora del método Stanislavski consistente en ahondar en las motivaciones psicológicas de los personajes, y por el que pasaron todos los grandes, de Marlon Brando a Robert de Niro.
Nunca visto en Hollywood
Terminada su educación, con la mezcla de libertad y profundidad que había mamado en los dos centros, Penn encontró trabajo en un medio en apariencia tan liviano como la televisión. Su éxito fue inmediato,y le dio confianza para intentarlo en su auténtica vocación, el teatro de Broadway, en el que también triunfó con una obra, 'Balancín para dos', protagonizada por Henry Fonda y Anne Bancroft.
Debutó en el cine con el 'western' titulado 'El zurdo', una interpretación libre de la historia de Billy El Niño retratado como un delincuente juvenil corto de luces, que contó con Paul Newman para su papel estelar y que fue filmado en blanco y negro, con una estética que hoy llamaríamos independiente.
Su eco fue escaso y enseguida pasó a los cines de barrio, de modo que Penn volvió al teatro. Cuatro años después rodó 'El milagro de Ana Sullivan', y luego dos filmes, 'Acosado' y 'La jauría humana', quizá su filme más personal, que tampoco encontraron el aplauso del público estadounidense pero sí el de los jóvenes críticos franceses de la mítica revista 'Cahiers du cinéma', el órgano de expresión de la Nueva Ola.
El punto de inflexión en su carrera se produce con 'Bonnie & Clyde', película protagonizada por su amigo Warren Beatty y por la entonces desconocida Faye Dunaway, en los papeles de dos delincuentes de los años treinta con una volcánica propensión a tirar por la calle del medio.
Sexo y violencia en unas proporciones nunca vistas en Hollywood, sazonadas con golpes de comedia se unieron en esta cinta con música de 'bluegrass'. Las imágenes de Clyde disparándole a un cajero en la cara durante el atraco a un banco, o la muerte de la pareja acribillada a balazos, mientras sus cuerpos se movían a cámara lenta, llevaron a los jóvenes al cine e inauguraron un estilo de filmar muy patente en varias películas de Scorsese.
Si bien nunca ganó un Oscar -aunque estuvo tres veces nominado-, Penn tiene el rango de uno de los clásicos no solo del cine sino de la cultura del siglo XX. Su estrella fue declinando a medida que el cine más espectacular encabezado por Steven Spielberg ganaba terreno. En sus últimos años volvió a la televisión, como productor ejecutivo de la serie 'Ley y orden'. El medio televisivo, decía, le había enseñado a rodar sin demasiadas previsiones, dejando libertad a los actores y abierto a lo que pudiera surgir en el instante.
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