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ANTONIO COLINAS
Sábado, 15 de mayo 2010, 02:48
Una de las primeras sorpresas con las que me encontré durante mi inmersión, en los años de Italia, en la figura y en la obra de Giacomo Leopardi fue el hallazgo de su Zibaldone. Visité por entonces los lugares leopardianos, comencé a sufrir con los primeros problemas editoriales que padecieron algunas de mis versiones, pero sobre todo mi atención estaba dirigida entonces a escribir un estudio biográfico, que es el que casi veinte años después daría a luz ('Hacia el infinito naufragio. Una biografía de Giacomo Leopardi', Tusquets Editores, 1988).
Aquel interés mío por la figura de Leopardi -el más clásico de los autores italianos, junto a los grandes nombres de Dante o Petrarca- no sólo se desvelaba a través de su torturada vida, sino también por medio del encuentro con sus obras, tan variadas, tan abrumadoras ya desde la infancia, sugestivas y fundamentadas siempre. Es verdad que Leopardi era para mí, ante todo y sobre todo, el autor de los 'Cantos', aquel libro que había descubierto en la biblioteca municipal de mi ciudad natal, en los días de mi adolescencia; la edición de Diego Navarro tan pulcramente editada por José Janés, con tintes violáceos y morados, en la valiosa colección de El Manantial.
Mi encuentro con Leopardi y sobre todo con los poemas centrales de aquel libro -los más puros y hermosos- parte pues de la adolescencia, de aquella lectura que no olvidaré, como tampoco olvidaré la lectura de otros dos libros de aquella bella colección, el 'Diario de Amiel' y las 'Obras' de Confucio; pero luego llegó ese encuentro en Italia con los lugares leopardianos, con bibliotecas y obras que me desbordaron. (Siempre pienso que he abandonado al fin a Leopardi, pero también siempre él acaba regresando a mí; ahora por medio de otro estudio en el que trabajo sobre su primera formación, los años de Bolonia y su relación con nuestros jesuitas expulsos, algunos de ellos, como el mexicano José de Torres, sus preceptores).
Quizá por eso, al tiempo que iba traduciendo en la soledad de mi cuarto milanés algunos de los poemas de los 'Cantos', me sentía atraído por otras obras suyas que me parecían igualmente sugestivas. Quizá así me decidí a traducir sus 'Diálogos' (parte sustanciosa de sus 'Obras morales'), sus 'Pensamientos' y una obrita preciosa como es el 'Diario del primer amor', que el novelista Juan Benet me reconoció como «genial». Ésta, como los 'Recuerdos de infancia y adolescencia', o el riquísimo 'Epistolario', ponen en evidencia a un Leopardi más íntimo y secreto, que me fue de gran ayuda para la configuración de mi estudio biográfico.
Pero ¿qué decir del Zibaldone, de las cuatro mil páginas del manuscrito original? ¿Por dónde abordar aquel libro? ¿Estábamos ante un diario, ante las anotaciones de un políglota, ante las revelaciones de tensiones íntimas de un ser humano, frente a las páginas de un autor pleno de culturas y ávido de lecturas o engañosamente, como algunos creen a la ligera, ante eso que se llama en literatura 'cajón de sastre'? Ni que decir tiene que aproximarme a esta magna obra supuso una sorpresa deslumbradora; no ya por la información que proporcionaba sino por la heterodoxia del género con que había sido expuesta, ya desde su inusual arranque en verso: «Palacio bello. Perro nocturno del caserío, al pasar el viandante./La luna en el patio estaba »
El poeta escribía esto una noche de 1817, cuando sólo tenía 19 años, pero ya estaba cerca aquel año de 1819 en que su Poética personal se iba a comenzar a decantar en sus poemas mejores, de los que iban a ser centro el titulado 'El Infinito'. Eran también los días en que, dentro de él, comenzaba a resonar una tormenta: la de su huida de la casa paterna.
El ser y sus obras, la enfermedad y la vida, el extraordinario don del creador y el de tener que arder como lo hicieron algunos de sus coetáneos (Hölderlin, Keats, Novalis). Se trataba de resolver, al borde del abismo existencial, aquel grandioso enigma que para ellos suponía intentar alcanzar o fundir, en una hermosa Unidad, el Todo. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, han ido llegándonos nuevas versiones, nuevas obras de Giacomo Leopardi a España. Ahora, Elena Martínez nos ofrece lo que imagino ha sido una titánica, selecta, aproximación: una versión temática, muy necesaria para los que no puedan aproximarse al original italiano, del Zibaldone, que espero ver pronto. A través de ella, nuevos lectores podrán asomarse a la significación honda del poeta, a los conocimientos del ensayista y del filólogo, del ser humano que sangraba por la herida de la lucidez plena. Lucidez, por cierto, terrible -como la de aquella página del Zibaldone- de la que no se libraba su encuentro con el más terrible de los males: el de su encontronazo con el vacío y la nada del mundo y del ser.
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