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Marco alonso
Sábado, 22 de agosto 2015, 00:20
Ni el mejor de los cineastas podría haber escrito un guión mas vistoso para la primera etapa de la quincuagésima edición de la Vuelta Ciclista a Palencia. La etapa tuvo emoción desde el principio, una trama con toques épicos y un final feliz, de esos en los que acaba ganando el que lo ha pelado desde el inicio, algo que pocas veces se ve en el ciclismo.
Ni un momento de paz tuvo esta primera etapa. Solo hubo 7 kilómetros de tranquilidad para los corredores, los de la salida neutralizada. El baile en la cabeza de carrera comenzó en el mismísimo kilómetro 0, cuando el pelotón comenzó a perder unidades, hasta llegar a los 13 corredores escapados.
La primera ascensión fue al Portillón y desde el comienzo de la subida se pudo intuir que sería difícil que todos los escapados llegasen juntos a El Escudo. El grupo de trece corredores de cabeza fue mermando debido a la exigencia del puerto, de segunda categoría y en la cima la punta de carrera solo tenía nueve corredores. La bajada fue vertiginosa, con una carretera estrecha y en mal estado que cató con su cuerpo el corredor Isaac Cantón, del InfiSport, quien acabó en el suelo y se tuvo que retirar. Ya sin Cantón, la carrera siguió su curso para aproximarse al plato fuerte del día: el Puerto de El Escudo.
Estaba claro que El Escudo marcaría las diferencias y así fue. Víctor Etxeberria, del Caja Rural, demostró que había llegado a Palencia a algo más que a disfrutar de la hermosura del paisaje de la Montaña Palentina. El corredor navarro impuso un ritmo constante, sin levantarse de la bicicleta, sin hacer grandes aspavientos, y poco a poco fue perdiendo compañía hasta que se deshizo de su último compinche en la fuga, el ciclista del Rías Baixas Jesús A. Ruiz, para llegar el primero a la cima de El Escudo entre una neblina que le añadió un toque aún más épico si cabe a su hazaña en lo más alto de este rompe piernas.
Etxeberria se merendó el plato fuerte del día, pero aún le faltaba por comerse el segundo plato y el postre. A falta de 50 kilómetros para la meta, el corredor navarro estaba en cabeza y le seguía un grupo de 34 corredores a 2 minutos y 40 segundos. El viento podía ser el peor enemigo del joven corredor de 22 años y llegaba racheado junto al Pantano del Ebro, un lugar sin ningún abrigo en el que el aire suele campar a sus anchas. No obstante, el director del Caja Rural, Juan M. Hernández, debió rezar al dios Eolo y sus plegarias fueron escuchadas porque el viento dio un respiro al corredor, que no perdió demasiado tiempo en una zona poco propicia para rodar en solitario. Lo más duro de la jornada ya estaba saldado y Etxeberria empezó a pensar que la utopía de conseguir el triunfo en la etapa inaugural no lo iba a ser tanto.
El corredor del Caja Rural andaba bien de piernas y también, de cabeza. Las informaciones que le iban llegando le anunciaban que el pelotón cada vez estaba más cerca, pero en esta ocasión el pundonor pudo al trabajo en equipo del pelotón.
La subida al alto del Bardal podía ser la que dictara sentencia para el corredor tras el sobreesfuerzo de ElEscudo y eran pocos los que apostaban por un triunfo del escapado a falta de 30 kilómetros para la meta. Pero Etxeberria sorprendió a propios y extraños. Es cierto que perdió un poco el sitio sobre la bici. Se le vio cabecear más, y eso no auguraba buenos presagios para el corredor, pero las formas no son nada en esto del ciclismo, y si no que se lo pregunten a Thomas Voeckler, que entre muecas, cabeceos y demás coreografía se ha convertido en una leyenda para el Tour de Francia.
Etxeberria creyó en sus posibilidades durante toda la carrera, pensó que no se le podía escapar el triunfo y en el Bardal mantuvo las diferencias. Por detrás, el pelotón trabajó para neutralizarle, pero los intentos fueron inútiles, también en el último puerto: Collado de Orbó. La distancia entre la cabeza de carrera y el pelotón comenzaron a bajar, pero la victoria tenía nombre y apellidos desde la subida a El Escudo, ese emblema que tantas veces se ha subido a lo largo de los cincuenta años de vida de la Vuelta.
El corredor del Caja Rural llegaba a la Vuelta Ciclista a Palencia en un excelente estado de forma y sabía desde el principio que tenía opciones de hacer algo grande en esta etapa. No en vano, cuando solo se habían recorrido los primeros 15 kilómetros de la carrera ya avisó a su director para preguntarle si tenía que pelear por la etapa, por la montaña o por la general. Su coche de equipo estaba con el pelotón en eso primeros compases iniciales y, ante la falta de instrucciones en ese momento, Etxeberría lo tuvo claro: si no sabía cuál era el objetivo que buscaba el jefe, iba a pelear por las tres victorias. Y vaya si peleó.
El ciclista del Caja Rural iba ataviado con la equipación de su equipo, verde. Ese color que visten aquellos que tienen esperanza, algo que jamás perdió Etxeberría durante los 153 kilómetros que duró la etapa. Lo que sí ha perdido ahora es el color verde de su indumentaria, pero a Etxeberria no le importa. El amarillo le sienta mejor.
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