

Secciones
Servicios
Destacamos
JESÚS BOMBÍN
Viernes, 27 de marzo 2015, 12:08
Rubén Abella (Valladolid, 1967) nutre su vida cotidiana de notas manuscritas. Con un bolígrafo y una libreta colma su sed de ideas para novelas y relatos, flotantes siempre en el aire de lo realizable. Bendecido en 2007 con el premio Vargas Llosa-NH de relatos por No habría sido igual sin la lluvia y finalista del Nadal en 2009 con El libro del amor esquivo, en 2011, nada más publicar Baruc en el río, vislumbraba intuiciones de lo que ahora se ha convertido en California (Menoscuarto), una trama que se desenvuelve entre el valle de Napa californiano, Madrid y Valladolid, con escenarios reconocibles que, en clave de ficción, dibuja como trasfondo el mundo del vino y una bodega en la Ribera del Duero. Diestro en el manejo de las relaciones familiares como microcosmos literario, plantea la novela como un vía crucis que en quince estaciones relata la peripecia de un padre de una familia razonablemente feliz, que antes de salir de viaje de negocios se sorprende a sí mismo metiendo dos preservativos en el neceser.
¿Cómo concibió este relato?
Siempre estoy enredado con cosas. La idea inicial era escribir una historia sobre la ingenuidad. Desde hace tiempo me llama la atención que en la sociedad se maltrata y castiga a la gente que no tiene maldad. Lo metí en el túrmix y el proyecto fue creciendo, ramificándose, de modo que empezaron a entrar temas que me obsesionan desde siempre: la memoria, la felicidad, la identidad, qué somos y por qué, las relaciones familiares... Creció la cosa hasta convertirse en lo que hoy es California. La escena del preservativo surgió al recordar una conversación de amigos hace tiempo, en la que alguien comentó que un conocido viajaba con preservativos estando casado y pensé que era algo interesante literariamente. ¿Por qué una persona decide hacer eso, alguien establecido, con una familia, que está feliz, y qué repercusiones tiene en la vida real? Ahí empezó todo.
¿Por qué le atrae tanto el tema de las relaciones familiares?
Es un microcosmos en el que entra absolutamente todo. La familia es y ha sido siempre fuente inagotable de felicidad y de desdicha. Es una forma de aplicar la lupa de la literatura. Hay escritores más expansivos, más abarcadores temáticamente, que tratan muy bien la espectacularidad, a cuyos personajes les ocurren cosas que se salen de lo normal y al lector le llaman la atención... y yo, por mi carácter, busco situaciones cotidianas que tienen importancia en la vida de las personas. Eso me pasó con Baruc en el río, en el que todo se desencadena a raíz de un bofetón de una madre a su hijo. Y aquí, lo mismo, todo se encadena con un suceso, una pelea a la puerta del colegio. Me interesa hurgar en esas cosas. Los escritores no estamos para dar respuestas, sino para meter el dedo en la llaga y hacer preguntas.
En estos últimos años la crisis ha sido tema literario. ¿La descartó?
En California no aparece como tema central pero tiene su importancia, porque afecta a Enrique Marbán, un personaje al que le destroza la vida, convirtiéndole en uno de tantos que quedan ahí, fuera del radar de las noticias y la prensa, pero que sufre las consecuencias de las ambiciones de otros.
Suele escribir sin prisa, no le importa dejar pasar el tiempo.
Mareo mucho lo que escribo, porque el primer manuscrito de California es de 2011. Me fío poco de mí mismo, me meto tanto dentro del proyecto que pierdo perspectiva, por eso me gusta apartarlo un poco, darlo a leer a gente de mi entorno. Se trata un poco como de hacer vino, de ir quitando el jugo a la uva hasta que al final lo que queda es el líquido rojo que tanto nos gusta. El vino tarda tiempo y la novela también, soy un poco pesado. Y lo hago por vergüenza torera, corrijo y vuelvo a corregir para no avergonzarme de mí mismo más adelante y pensar que he hecho algo mal. Y por respeto a los lectores.
Mira al mundo literario ¿y que ve?
Que la literatura va bien, jamás ha habido tantos libros publicados, y eso no es ni bueno ni malo en sí, es un dato. Jamás se ha leído tanto. Otra cosa es qué se lee. Hay muchísimos lectores y escritores y eso es bueno. Está el problema de la contemporaneidad, los contemporáneos siempre son ciegos a los productos de su época. Se están haciendo cosas maravillosas a las que no se les da juego. El futuro de la narrativa está garantizado con libro electrónico o sin él.
¿Resulta hoy más difícil hacerse un nombre como novelista?
No ha sido fácil nunca. Hacerse un nombre tiene poco que ver con la calidad literaria de lo que haga uno, porque existen muchos mecanismos para llegar ahí vendiendo un producto mediocre o malo. Hacerse un nombre y escribir son compartimentos estancos, aunque es más fácil que te vaya bien ahora que hace unos años, porque hay más herramientas para la exposición pública y vender tu producto.
¿Cómo ve la escritura desde la docencia en la Escuela de Escritores?
Hace tiempo hice en Nueva Orleáns un curso de escritura creativa que me encantó, porque me puso en funcionamiento mecanismos mentales que no había utilizado. Para ser escritor se nace, pero no vale solo eso, porque el mundo está lleno de escritores geniales que no escribirán nada en su vida, eso depende de muchas cosas, entre otras, del carácter. La narrativa tiene una base técnica, casi de carpintería, con unos parámetros básicos que se pueden aprender. Luego está el talento, lo interesante es que se junten las dos cosas.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.