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Sonia Andrino
Domingo, 24 de agosto 2014, 18:52
Lo que es la naturaleza. Y lo que es la vida. Lo que es sentirse vivo. Y lo que es confiar en vivir. Sonreír. Crecer. Respirar. Y, en definitiva, una colorida paleta de infinitivos que se mezclan con aquellos sentimientos agolpados en ese espacio del corazón en el que le concedes rienda suelta a las emociones. Volver, dos años después, al monte de Castrocontrigo es arrugar el gran músculo; contraer la sangre que le hace bombear, y sentir perfectamente como, solo un segundo después, explota con fuerza y llega casi a hacerse transparente su transcurrir por las venas con una fuerza tan viva que apenas recuerdas el otrora endeble cuerpo. Es pasar del frío al calor. Es sorprenderse con la sonrisa que, de forma incontrolada y espontánea, se te ha pintado en el rostro cuando lo que recordabas triste, gris y silencioso se torna en un paisaje verde, con ansias de volver a ser grandioso, pidiendo a gritos los mimos de un retoño que necesita la más cariñosa de las atenciones.
Pasear dos años después por el monte de Castrocontrigo es comprobar que aquel territorio que ha seguido llorando cada noche durante dos años, despertaba al alba absorbiendo cada nueva oportunidad de regenerarse, de volver a empezar, de luchar con fuerza y buscar volver a brillar. El sol le ayudó. La lluvia también. Pero sobre todo, la gente. Su gente. Esa sí que ha apostado todo por verle de nuevo crecer.
Pasear dos años después por el monte de Castrocontrigo es sentir en colores. Despojarse del gris oscuro, casi negro, y abrirse al verde, al color de la hierba fresca que tienes enfrente. Y contemplas con alegría que se está ganando la batalla. Y así ves que el verde se ha comido al negro.
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